Despierta

Posted on Mar 13, 2016

Por la mañana, alguna vez encontré mi vista. Bostecé, como bostezan los volcanes que ya volcanes no son, sino chimeneas. No sé en qué o en cuando un volcán deja de serlo. Tal vez de hecho siempre es un volcán en potencia.

Recorrí las cortinas para hurgar, primero con delicadeza, y luego con fervor, el par de huevos que mis calzoncillos esconden. Placer en ascenso y luego no poder parar. Y ahora una nalga. La fricción constante aumenta la necesidad de una fricción más enérgica y más constante.

Llegar tarde a trabajar. Entender que el progreso del ser humano no depende necesariamente de la puntualidad. Siempre la tentación de volver a la cama. Siempre el sabor a prisión turca en la boca y esa curiosa sensación pétrea en la mirada.

Mas de pronto, en el panorama rutinario, en el cuadro que pinta mi ventana todas las mañanas algo se presenta. Un colibrí, justo frente a mis ojos y del otro lado de la ventana. Estático. En vuelo. Con un ligero zumbido entre los sonidos quietos de la mañana. Es sorprendente porque cualquier otra impresión ha menguado al punto de ser mi única atención. Ni siquiera estas palabras que hoy son, fueron en aquella mañana.

Mi contemplación tan solo comenzaba. Cuando abrí mis ojos para despertar, con absoluta e inmediata lucidez, como si nunca hubiera dormido. Alerta, con los recuerdos completos del sueño de un ave hermosa en mi ventana. Nada más en mi mente, todo muy claro. Mucho más real que la vigilia.

Me apresure para ver por la ventana, para saciar el ánimo curioso de ver mi sueño al despertar. Tan rápido fue mi par de pasos para llegar al pie de la ventana, que mi pensamiento tardo en alcanzarme. Cuando por fin, me alcanzó, me di cuenta de que el sueño, solo sueño era, y que en mi ventana solo la mañana se paseaba desnuda.

Tras una ligera decepción, gire mi vista para encontrarme con la noticia de que nuevamente iba tarde para trabajar. Me froté los ojos, porque la pereza encontró en la ligera decepción el pretexto perfecto para recuperar su trono en mis mañanas. Para celebrarlo, abrí la bocota para darle forma al bostezo más vulgar y contagioso.

Estaba yo en esas, cuando apareció el colibrí del sueño, frente a mí, como si jamás se hubiese movido de ahí y siguiera esperándome. Al verlo, casi me atraganté. Lo daba por perdido.

Como si la interrupción del despertar nunca hubiera sido, mis ojos se sumergieron junto con mi ser entero en la visión del colibrí. Conseguí una concentración tan pura que los detalles perdieron importancia y solo puede sentir una pausa en mi interior.

De inmediato la imagen empezó a crecer en mi ser, más como una sensación, que como una idea. Creció sin prisa, hasta que ya no pude ver nada más. El zumbido de su aleteo se convirtió de poco en poco, en un ruido concreto y envolvente, tan apresurado y rítmico.

No podía cerrar la boca, y en ese momento no podía saber que no podía cerrar la boca. Los colores de su inquieto plumaje explotaron ante mi vista, como flores que se abre a toda velocidad, como una multitud de diminutos juegos pirotécnicos. Brillantes.

La increíble velocidad que sus alas tuvieron en un principio, pareció perderse. No sé si frenaron, pero era lento. Pude verlo en detalle. Con cada aleteo pude fijar mi atención en los detalles más escurridizos. Todo se amplificó, todo creció. Crecieron los sonidos, y pude tenerlos como un mapa sobre una mesa. Escuché su corazón. El batir lento y contundente, construyendo y destruyendo cualquier cosa que pudiera pasar por mi cabeza.

También escuchaba mi propio corazón. Cada período separado por un tiempo semejante a días. Mi aliento debilitando mi voluntad. Algo extraño ocurría, algo me vencía, trataba de seducirme, y yo no opuse resistencia. Los sonidos matinales se convirtieron en alaridos y estruendos, se mezclaron con mi vista provocando extraños destellos con sus frecuencias.

Este pequeño ser, que ante mis ojos ya era por mucho la bestia más enorme, temible y hermosa que jamás hubiera visto; abrió su pico, solo un poco. Impaciente, no pude escuchar nada. Un murmullo pequeño, lejano. Y enseguida, como una ola, se derrumbó sobre mí un sonido como mil truenos. Un rugido que me hizo gritar sin grito, rompiendo el dique que formaba mi visión, dejando pasar toda la luz del universo, las voces de todos los hombres, el canto de todas las mujeres, los cielos de todas las regiones, pegados y revueltos con los mares rompiendo en las costas de mundos desconocidos. La violencia, el llanto, la risa y el nacimiento de todos.

Estuve envuelto en esa ola desconocida y aterradora hasta que una voz absolutamente clara se formó de todas las sensaciones a mi alrededor. La voz me dijo algo que no entendí, porque no terminé de escucharlo. Sonó como un disco rayado, cuando abrí los ojos al despertar.

Bastó medio segundo para seguir mis pasos y llegar al pie de mi ventana: nada que no se presentara en cualquier otra mañana. La pereza, los minutos de retraso, y una extraña sensación aplastante, cuando comparé mi vida regular y real, con la visión de aquel ser que me llenó de terror y placer.

Todo el silencio del mundo en mi habitación.

Incluso pude identificar fácilmente el sonido de mis uñas rascando mi trasero peludo.

De pronto, nuevamente de la nada, está ahí, volando. Me sumerjo en él, me llama. No puedo resistirme. El éxtasis está ahí, en ese laberinto, cada mañana más intenso. Toda la escena completa, toda la historia de las historias, que nadie fue jamás capaz de presenciar. Llegamos todos juntos hasta el punto más luminoso, y de pronto viene el calor y la paz en el centro de todo, en las orillas del ser. Me cobija y entiendo todo lo que es necesario entender, y ya no peleo por decir, y no me duele más seguir adelante. Escucho y atiendo, no soy aquí. Es la hora… me disuelvo.

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