El Llamado

Posted on Mar 8, 2016

El sol había dejado atrás el cenit cuando Torbal volvió a estar ante los restos del autobús, en medio de la pequeña planicie. Con un bufido descargó el bidón que llevaba al hombro, limpió el sudor de su frente y miró alrededor para asegurarse que nadie le observaba. Por un momento, el enorme silencio del campo abierto llenó su atención. Sólo el sonoro chirrido de las cigarras recorría el paisaje desierto, acompañado por el rumor del viento y un zumbido casi imperceptible que Torbal se empeñaba en distinguir sin mucho éxito.

Inquieto, pero tratando de convencerse de que aquel sonido no tenía mayor importancia, Torbal se llevó el bidón nuevamente al hombro para apurar su jornada. El crujido de sus pasos sobre la tierra, y el escándalo del agua bamboleándose en el bidón, le devolvieron al trance del esfuerzo.

Estaba pensando en andanzas de otros tiempos, cuando su oído reparó nuevamente en el zumbido, esta vez convertido en un trueno. Una tercia de motociclistas se aproximaban a gran velocidad.

Torbal se tiró al suelo y sacó su arma en un mismo movimiento. Ocultó su cabeza trás el bidón y se preparó para disparar. Los jinetes se separaron para abordarlo por los flancos. Torbal comenzó a disparar al jinete que permaneció en el centro, uno de sus disparos se estrelló en el escudo que la moto llevaba al frente, y el otro se perdió en el aire. Luego disparó contra el jinete a su diestra y le atinó al casco que protegía su cabeza. El hombre cayó y se perdió en la espesura del pasto.

El jinete que se aproximaba por la izquierda levantó el brazo para arrojar un objeto pardo del tamaño de una cebolla. Torbal lo vio aterrizar a un paso de distancia, y se levantó a toda prisa, con la seguridad de que la explosión quemaría su espalda en cualquier momento. Del artefacto sólo salió una violenta nube blanca que se extendió rápidamente por el terreno.

Uno de los jinetes se apeó con destreza, dejando que su motocicleta siguiera la inercia de su marcha. Extendió el látigo que llevaba en el cinturón, y con un movimiento silbante alcanzó los tobillos de su presa. Torbal cayó automáticamente y comenzó a retorcerse tratando de recuperar el arma que había escapado de sus manos. Ciego por la nube de humo que lo rodeaba, sólo escuchó los motores aproximarse, acompañados por los silbidos y arengas de los jinetes.

— Venimos en paz. Buscamos a Torbal, llamado “El Chaca”. Traemos un mensaje de Aarón Cabrera, Señor del Trueno en la Montaña. ¿Eres Torbal?— preguntó uno de los jinetes.

Torbal maldijo a gritos durante un rato, y no contestó la pregunta. Le liberarón del látigo y lo pusieron en pie.

El jinete que fue derribado se reunió con sus compañeros después de recobrarse de la caída, sacó un lienzo con un mensaje y comenzó a leer con torpeza. —Saludos Torbal. Tu fama es grande en las tierras del Este y a todo lo largo de la costa de Veracruz. Aarón Cabrera, “Señor del Trueno en la Montaña” y Gobernador de las Córdobas, te convoca para tomar parte en su empresa de conquista mas allá del estrecho del Teguanta. Tus grandes talentos de guerra serán bien recompensados con tierras, oro, munición y combustible. Si decides unirte al proyecto, deberás presentarte en la Gran Córdoba antes de 50 días. Durante los preparativos, serás recibido con alimentos, agua limpia y mujeres. Firma mi señor patrón, Aarón Cabrera, Gobernador de las Córdobas en Veracruz.

El emisario guardó silencio, bajó el lienzo que contenía el mensaje y levantó la vista para recibir una respuesta. Torbal, trató de disimular una sonrisa. A su parecer; si tres sujetos se presentaban montando motocicletas, sosteniedo armas de fuego y hablando de mujeres y riquezas, valía la pena escucharlos. —Parece que tu amo es un hombre que sabe ser aliado —respondió Torbal tratando de ocultar su desconfianza.

Después de darle instrucciones para llegar a la Córdoba Grande, los jinetes se alejaron a toda velocidad, levantando una gran cortina de polvo.

Varias horas antes del amanecer, Torbal salió de su guarida, oculta bajo el camión abandonado. Al salir, cerró con tres enormes candados la tapa que ocultaba la entrada en el piso y la cubrió con tierra abundante.

Echó a andar hacia el este, llevando un fardo compacto de cierto peso, lleno con municiones de tres calibres diferentes y un par de granadas. A la cintura, del lado izquierdo, un afilado cuchillo de un palmo de largo y una pistola semi-automática en el lado derecho. Pendiendo de una gruesa correa cruzada al pecho, un rifle algo tosco, con dos sistemas de gatillo para adaptarse a disparos automáticos y con una mira telescópica de largo alcance. Junto al fardo, en una funda de madera recubierta de piel, una afilada hoja de hierro con la forma de un machete campesino. Torbal caminaba a prisa, aprovechando la luz de la luna. Recorría la enorme planicie sin lámpara o linterna, para evitar delatar su presencia.

Cerca del amanecer, Torbal identificó a un hombre montado en un caballo pequeño, acompañado por tres o cuatro perros. El hombre cabalgaba lentamente en dirección hacia Torbal, alejándose de un par de cazuchas hechas con basura. Torbal se encaramó tras un montón de rocas junto a la vereda y esperó a que el jinete se acercara. Como lo sospechó, antes de que el hombre pasara junto a él, los perros lo olfatearon y comenzaron a ladrar desaforadamente.

El más audaz de los perros, que se aventuró furioso a rodear las rocas para avalanzarse sobre su presa, fue sorprendido por un golpe de machete que le atravesó el cráneo. Los colegas que lo seguían, frenaron su carrera al escuchar el escalofriante chillido de su muerte pero no desistieron. Ladrando y gruñendo trataron de rodear a Torbal, quien blandió su machete para herir a uno por detras de la oreja, mientras rompía la quijada del más pequeño con una patada. Dos de ellos sucumbieron ante el machete y el último recibió un disparo en la cabeza. El jinete trató de huir al ver su causa perdida, pero el animal que montaba se alarmó por el sonido del disparo hasta derribarlo.

Torbal se acercó al jinete caído y le arrebató el rifle para confirar sus sospechas; no había sido cargado en decadas e incluso estaba algo oxidado. El hombre imploraba clemencia y se retorcía por el dolor que le causaban sus costillas rotas. —Disculpe buen hombre, tomaré prestado su caballo. —dijo Torbal en tono cínico, sin saber que confundía a aquella mula con un caballo. La mula galopó mucho mas rápido y lejos de lo que se hubiera esperado de un animal cargado y desnutrido.

Torbal se desvió unos cuantos grados de su camino ideal tratando de alcanzar a la miserable bestia, pero cerca del mediodía la dio por perdida y retomó su marcha hacia el este. Por alguna misteriosa razón, escenas como ésta se habían estado repitiendo una y otra vez en la vida y aventuras de Torbal durante el último par de años. En otro tiempo, la mula habría accedido feliz a cambiar de dueño para ir en busca de fortuna y emociones. Al menos eso era lo que Torbal se complacía en pensar.

En solo dos años sus tres guaridas habían sido saqueadas, su socio y amigo decapitado, y los 27 miembros de su pandilla desaparecidos, muertos o esclavizados. Dos años atrás, cuando sus guaridas rebosaban de riquezas, habría rechazado una misión como ésta sin pensarlo, para pasar los días de más calor en las playas de Aguililla o Las Cañas.

En realidad no le gustaban mucho las guerras, por pequeñas que fueran; prefería el saqueo y los asaltos por su cuenta, aunque el hambre no le resultaba buena consejera. Torbal no conocía las tierras del este, pero ya había oído hablar del famoso Aarón Cabrera y su reino en la costa. Había esuchado que estaba en busca de mercenarios, pero jamás se imaginó que le encontrarían.

Cuando el sol comenzó a descender en su primera jornada de viaje, Torbal dejaba atrás una serie de aridas barrancas. Hizo un alto, buscando un sitio seguro para descansar y optó por escalar una gran roca limpia, con una pequeña superficie plana en la parte superior. Una vez arriba, sacó de su morral, un pequeño saco con maíz molido y se llevó un puñado a la boca. Tomó el extremo de un manguera plástica, conectada a un deposito en el interior de su mochila y se refrescó con un largo sorbo de agua. Mientras masticaba, su mirada seguía el vuelo de los pájaros que volvían en bandada hacia lo profundo de la barranca. Cuando la sombra de los árboles cercanos alcanzó la tapa plana de la roca, Torbal se quedó dormido.

El frío de la noche lo despertó algunas horas más tarde. El cielo estaba completamente cerrado y las barrancas llenas de obscuridad. Torbal sacó de su mochila una pequeña lámpara de queroseno para alumbrar su camino, aunque sabía que el resplandor lo convertiría en un blanco perfecto para cualquier arco o rifle que rondara aquellos solitarios parajes.

Cuando consiguió librar las piedras y espinas de las laderas, exhaló aliviado y se apresuró a guardar la lámpara. Las barrancas abrieron paso a una nuevo paisaje de amplios pastizales apenas iluminados por la débil luz de la luna. Durante media hora recorrió el terreno sin veredas, hasta que el sonido de un rose contra la hierba lo puso en alerta. Detuvo su andar y flexionó ligeramente sus piernas para ocultarse entre la hierba, al tiempo que concentraba toda su atención al mirar en torno suyo… nada sonó, ni se movió; sólo el viento y la hierba permanecían.

Reanudó su marcha redoblando el esfuerzo. No recorrió ni cien metros cuando un nuevo susurro lo convenció de que algo o alguien le seguía. Giró, se quedó quieto y con gran sigilo echó mano a su rifle. Nada. Pero de pronto detrás de él, otro susurro. Se dio la media vuelta y disparó instintivamente. Un cuadrúpedo, tal vez un lobo o un coyote dio un brinco fuera de la hierba y se alejó a prisa.

Al dar un vistazo rápido en torno suyo, Torbal vio al menos a otros dos perros, que se sacudieron entre los matorrales. Aliviado al ver que su amenaza no llevaba más arma que sus colmillos, Torbal desenvainó su machete y se lanzó tras los animales, corriendo y gritando como un loco.

Los lobos regresaron al acecho, una y otra vez hasta el amanecer, cuatro tiros más y una marcha realmente intensa fueron necesarios para mantenerlos a raya. Cuando el frío de la mañana se disipó, Torbal se tendió rendido en una pequeña depresión que lo ocultaba de la vista, para dormir por pequeños episodios.

Después del mediodía, Torbal despertó del más profundo de los pequeños sueños que se había permitido, y se levantó de un salto para reaundar la marcha. Siguiendo las indicaciones del emisario de Aarón, buscaba un camino negro que le lo llevara a Izúcar, o a la gran carretera de Puebla. Los caminos asfaltados habían dejado de ser útiles hace decadas. Servían sólo como referencias, o como fronteras entre los clanes y pequeños gobiernos. Hacer un viaje de una región a otra, utilizando un camino negro era prácticamente imposible, sin encontrar un deslave, una mina o una porción del camino completamente desaparecida. Además de las multitudes de pandillas que se movían alrededor de las carreteras, dispuestas a matar, robar o violar cualquier cosa que se moviera.

Cerca del atardecer del segundo día, Torbal atravesó la fantasmal extensión del camino de asfalto. La hierba se había abierto paso entre la superficie de la vía para formar tremendas grietas verdes. Como en la mayoría de los caminos negros se podía ver a la distancia, el chasis de un automóvil llevado hasta los huesos por los carroñeros. Se apresuró a cruzar la vía en silencio y continuó hacia el noreste dejando atrás la carretera. El recorrido ofreció como única novedad, a un par de jinetes errantes, armados y llenos de polvo, que parecían formar un pequeño grupo independiente de “sobrevivientes”. Torbal intentó desmontar a uno de ellos desde la distancia con su rifle, pero el afortunado jinete salvó la vida inclinando ligeramente la cabeza en el momento justo. Al escuchar el tiro los jinetes salieron a todo galope hasta perderse detrás de algunos árboles distantes.

Torbal caminó toda la tarde del segundo día sin novedad, cobijado por un clima cálido. La luz de la luna iluminaban la perturbadora belleza de la planicie en penumbra. Ni bestia, ni hombre atravesaron su camino, sólo el sonido de los murciélagos y algún tecolote se sumaron a la monotonía de los pies cansados de Torbal, quien empezaba a maldecir la pereza de sus más recientes años.

Con la luz del amanecer, la silueta de la Montaña del Águila se perfiló en el horizonte, como lo anticipó el emisario de Aarón. De acuerdo con sus instrucciones, el resto de la ruta debía seguirse en una línea tan recta como fuera posible hacia aquel inmenso faro de roca.

Cuando el sol de la mañana bañó la tierra con su calor, Torbal se encaramó en una grieta de arcilla y se libró por fin de las botas que torturaban sus pies. Pensó en “El Pachuca”, su amigo de toda la vida y sus pies siempre descalzos. No entendía cómo aquel hombre pudo correr, pelear, cabalgar, conducir y hasta aterrizar desde camiones en movimiento sin hacerse daño. Hurgó en sus pies y encontró un par de ampollas secas y destripadas en medio del lodo. El recuerdo de la cabeza del Pachuca, arrancada de su cuerpo, lo hizo apretar la quijada hasta el punto del dolor. Se preguntó si algun día la fortuna le concedería una venganza para su amigo.

Pasado el medio día, Torbal interrumpió su sueño cuando un sonido algo familiar llegó hasta sus oídos. A unos 30 pasos o más, la hierba se movía al son de un cacareo casi imperceptible. Para Torbal, la situación resultaba tan inverosímil que contempló la posibilidad de hallarse ante una trampa.

Rodeó a la presunta gallina, inspeccionando en todas direcciones, hasta que al fin se aventuró tras ella. Después de un breve y torpe espectáculo, Torbal consiguió herirla con el machete. La gallina no corrió más, y aceptó estoica su muerte. La desplumó terriblemente y la quemó de peor manera en una fogata diminuta. A pesar de lo patético de su cocina, Torbal disfrutó mucho de las pocas piezas que no se chamuscaron. Nunca en su vida errante se había topado con una gallina en el campo. Aunque Torbal no se consideraba supersticioso en absoluto, se vio tentado a ver en aquello un augurio favorable.

Con fuerza renovada, y un humor como el que acostumbraba tener hacía mucho tiempo, Torbal dejo atrás su discreto campamento y retomó su marcha con la caída del sol. Conforme se acercaba a un paulatino ascenso, el verdor del campo cedía espacio a la arena cenicienta y a las rocas porozas.

Después de media noche, arribó a un valle estéril, ocupado por un pueblo fantasma como muchos otros. Aunque a diferencia de la mayoría, éste no había sido engullido por la vegetación. Algunos edificios habían visto desaparecer sus muros a causa de las explosiones del pasado, pero la mayoría de las casas se encontraban en pie, mudas y obscuras como tumbas. En compañía de su pandilla, lo usual hubiera sido entrar sigilosamente en busca de comida, agua, munición o al menos un par de nalgas tibias. Pero hoy, solo como andaba, lo prudente era rodear aquel cementerio de 3 calles de ancho para continuar su camino hacia el este.

Estaba rondando aquellos pensamientos cuando las luces de un vehículo irrumpieron rápidamente en el valle levantando una enorme nube de polvo. Torbal echó un vistazo a través de sus binoculares para identificar con dificultad a un hombre y su acompanante a bordo. Pensó fugazmente en sus pies adoloridos en contraste con el ágil avance de aquel vehículo. La camioneta se perdió entre la obscuridad de las construcciones, dejando a su paso una columna de polvo que delataba su posición.

Después de cavilarlo por unos segundos, Torbal emprendió una carrera en dirección hacia el sendero que utilizó la camioneta para internarse en el pueblo.

Se acercó a las primeras construcciones mirando en todas direcciones, revisando tejados, ventanas y puertas. Vio al vehículo apagando sus luces, y a la silueta del conductor bajando a prisa y perdiéndose en las edificaciones contiguas. Torbal cruzó la calle y brincó un pequeño barandal de piedra para ocultarse en lo que debió haber sido un restaurante. Aprovechó un par de muros derruidos para seguir avanzando hacia el vehículo, y trepo con agilidad por una escalera incompleta para llegar a las azoteas. Estuvo a punto de disparar cuando tropezó con la tétrica visión de un par de cadáveres antiquísimos, que seguramente habían sido abatidos por alguien que irrumpió en la azotea de la misma manera que él. Pasado el susto, se abrió paso a saltos entre las edificaciones resecas y frágiles hasta encontrarse a media calle de su objetivo.

Sumamente agitado, pero complacido por volver a darle a su cuerpo algo de acción, inspeccionó el resto de la calle, husmeando de reojo por la esquina. El segundo ocupante seguía en el interior de la cabina.

Torbal se planteó un par de estrategias para el asalto, y finalmente decidió eliminar silenciosamente al segundo ocupante para no llamar la atención de las armas que pudieran estar ocultas entre las ruinas. Se movió rápido y silencioso hasta la puerta del conductor donde descubrió con su rifle a una mujer con un arma calibre veintidós en las manos. El rostro agostado de la señora mostró más desprecio que sorpresa. —Deja el arma y bájate. Si intentas cualquier mamada te lleno de agujeros —la voz de Torbal surgió aspera y exaltada. La mujer buscó tan profundo como pudo en los ojos de Torbal, algún indicio de duda. El frío que encontró la convenció de soltar su arma y abrir la puerta. Simultáneamente, Torbal subió al asiento del conductor y le ayudó a bajar con un violento empujón de su rifle por la espalda. La mujer se fue de bruses, dándole tiempo a Torbal de accionar el interruptor que encendió la camioneta.

Al mismo tiempo, el conductor apareció en el marco de un portón devastado, cargando dos enormes bidones rebosantes de gasolina. El hombre dejó caer los recipientes y bociferó en una lengua distinta al español. Salió corriendo a la calle, aprestando tan rápido como pudo su arma automática, y la descargó sin provecho en dirección a la nube de polvo que la camioneta dejó en su violento arranque.

Con una carcajada demente, que se interrumpía constantemente por absesos de tos, Torbal condujo la camioneta a través de las calles obscuras llenas de enormes cacharros y basura. En un par de ocasiones estuvo a punto de estrellarse o volcar, pero ésta vez la suerte estuvo de su lado.

Minutos más tarde la polvareda de la camioneta se enfiló a gran velocidad por un camino de terracería que llevaba hacia el este.

Durante toda la noche y todo el día siguiente, Torbal condujo por caminos arenosos, por algunos pequeños tramos de carreteras asfaltadas, y en ocasiones a campo traviesa para sortear viejas emboscadas o tramos del camino que pudieran esconder minas. Durante el recorrido ahuyento con disparos a las pocas siluetas humanas que distinguió en el horizonte. La figura de la Montaña del Águila lo guiaba con perfecta claridad, como un ídolo gigante sumergido en un sueño perpetuo.

Cuando el sol comenzaba su descenso en el firmamento, la camioneta se convulsionó sin aviso al subir por una pendiente. El cuerpo inerte de un escarabajo atrapado en el polvoso panel de instrumentos le hacía compañía a la igualmente inherte aguja que indicaba un nivel de combustible permanentemente nulo. Torbal llevaba horas esperando este momento, la camioneta llegó bastante más lejos de lo que él esperaba. Tomó sus cosas a prisa y siguió su camino.

Antes de que la luz del sol se ocultara tras el horizonte, Torbal se encontró con un pequeño campamento que ondeaba estandartes con una montaña coronada por un Águila y un relámpago. Como lo anunció el emisario de Aarón, toda la región cercana a la montaña y a las Córdobas, se encontraba constantemente patrullada por hombres con el estandarte del relámpago en la montaña. Torbal gritó para llamar la atención del campamento y avanzó con las manos en alto. Dos jinetes se acercaron a él apuntándole con ballestas. Cuando estuvieron suficientemente cerca, como para escucharlo, dijo casi gritando: —¡La sangre de las murallas! — repitió varias veces la contraseña que el emisario de Aarón le había compartido, hasta que los hombres bajaron las armas.

En el campamento Torbal fue obligado a abandonar su armas y prácticamente todo su equipaje. Ésta era tal vez la más grande y estúpida apuesta de su vida. Los vigilantes del puesto quedaron boquiabiertos al ver exhibido el arsenal de Torbal. A cambio le entregaron un salvoconducto que le permitiría alimentarse y recibir posada en cualquier punto del camino hacia la Córdoba Grande, y un puñado de piezas de metal que podría intercambiar por lo que necesitara. La disposición tan franca de Torbal al entegar sus armas, disuadió a la guardia de efectuar una inspección verdaderamente exhahustiva, por lo que Torbal pudo conservar un cuchillo oculto en el costado y una pistola compacta en las botas. Los jinetes le dieron indicaciones para llegar a una población llamada La Posa, a poca distancia de aquel punto de revisión y a sólo media jornada de la Córdoba Grande.

En los tiempos de Torbal, cualquier tipo de concentración humana se limitaba solamente a las pocas regiones dominadas por feudos que se arrebataban el poder con frecuencia. Todo el camino hasta La Posa se encontraba limpio y maravillosamente aplanado, si se comparaba con todos los caminos que Torbal había recorrido. Le resultó sumamente extraño e incómodo compartir la senda con algunos pocos vehículos motorizados y carros tirados por bestias. La proximidad casual de los seres humanos cada vez más numerosos conforme se aproximaba a La Posa, le provocaba una sutil sensación de asfixia.

Como su nombre lo indicaba, La Posa era un asentamiento que se formó espontáneamente alrededor de un manantial. Viajeros de los alrededores, hacían jornadas de días para comprar, a un altísimo precio, algunos galones de agua limpia. La gente de Aarón vigilaba el lugar y administraba la explotación del agua. Vehículos cisterna salían continuamente por el camino lodoso que atravesaba la única calle del poblado. Los hombres armados apartaban a la gente que mendigaba inútilmente las gotas que chorreaban por las paredes del depósito.

Adems del comercio del agua, en La Posa se reunían comerciantes de todo tipo de bienes y criaturas: herramientas arcaicas, reliquias del mundo viejo y amuletos. Alimentos vivos, crudos o preparados se extendían a lo largo de la calle. El aroma de la grasa al fuego hizo salibar a Torbal, y su cuerpo, tan acostumbrado al hambre, se estremeció ante la posibilidad de deleitarse. El origen de la nube que lo llamaba se encontraba en un establecimiento sin muros, que se convulsionaba en torno a un gran y deforme cazo donde el cuerpo de un par de cerdos pequeños hervía en su propia grasa. Los comensales comían vulgarmente con sus manos, en mesas sucias e improvisadas. La luz de varias pequeñas antorchas destacaban los rasgos y la mugre de sus rostros.

Torbal se acercó con algo de reserva a un hombre gordo, de piel grasosa y morena, que picaba continuamente la carne, sobre un madero y la hacía a un lado para que un par de jóvenes la llevaran a las mesas. Torbal sacó de entre su manto, el sucio pedazo de tela con el salvoconducto que había recibido de los hombres de Aarón y se lo mostró, ilustrando lo mejor que pudo su solicitud.

El grueso hombre del cuchillo pareció ignorarlo, por lo que Torbal insistió en un tono más alto y áspero. El gordo miró de soslayo a Torbal sin responderle y se acercó un plato de barro, en el cual sirvió a medias: carne, grasa y cartílagos. Lo puso a un lado y ordenó a uno de los chicos que le agregara un tlazcal. Después de levantar un par de platos de una mesa, el chico metió la mano entre los lienzos que yacían revueltos dentro de una tina de metal. Sacó una pieza de maíz molido y tostado, con forma de medallón y la colocó sobre la carne.

El hombre del cuchillo tomó el plato y extendió el brazo para entregarlo, mientras decía : —Téngalo, y no pida más. Vaya y coma por allá —. Torbal pensó fugazmente en echar mano a su cuchillo para depositarlo por debajo de la barbilla de aquel “pedazo de cagada”, pero la visión y el aroma de su plato retuvieron su atención.

Torbal disfrutó como un niño hasta la última migaja en su plato. El intenso sabor de la sal le produjo una enorme satisfacción y una sed muy diferente a la que estaba acostumbrado a tener. Desde su sitio en una piedra a la orilla de la calzada, Torbal identificó a una multitud amontonada alrededor de un establecimiento que ofrecía alguna clase de bebida. Se levantó relamiéndose los bigotes, y se dirigió cargando su fardo medio vacio hasta reunirse con el montón de gente.

Minutos más tarde Torbal bebía de un trago, prácticamente todo el espeso y baboso contenido de una vatea hecha a partir de un coco. Un hilo de pulque se escapaba por la comisura de sus labios y se reunía con toda la mugre de su cuello. Después de saciar su sed con otras dos porciones del dulce y amargo brebaje, Torbal preguntó al hombre que atendía el puesto, sobre algún lugar para pasar la noche. La respuesta del hombrecillo, llenó a Torbal con una felicidad que no cabía en la ebriedad de su cuerpo. A cambio de los tragos y la preciosa información, Torbal dejó la más hermosa de sus monedas en la mano de aquel buen hombre.

Casi una hora después, Torbal yacía desnudo en un lecho cubierto por pieles de diferentes animales. Los brazos tras la cabeza y una sonrisa tan amplia que no parecía la suya. El aroma de la resina y las numerosas llamas de las velas bailarinas a su alrededor lo mantenían en un estado de gracia del que sólo estaría dispuesto a salir por una razón.

—¿Entonces vienes de mas allá de los llanos? —, una voz dulce y vibrante, como una campana de cristal, sacó a Torbal de su ligero trance etílico. Al dirigir su mirada hacia aquella voz, descubrió la silueta de una hermosa joven, de piel tostada como los granos de café, y cabello largo y obscuro como una cascada de sombras y luces. Los altos y rígidos pezones de la doncella llevaron a Torbal a un viaje donde se perdieron todos los ecos de su mente. —¿Qué? — balbuceó Torbal desde un rincón de su idiotez. La chica dio un par de zancadas para recostarse sobre el cuerpo desnudo que yacía en el lecho. El calor y asperesa de su pubis presionaron intensamente el rígido miembro de Torbal. La suavidad de la piel de la joven, lo cobijó perfectamente, sumergiéndolo en un estado de éxtasis absoluto. El contacto con los inquietos pies de su compañera le provocó una sonrisa involuntaria, casi imperceptible. Pero eran los ojos de la chica, los que demandaban toda su atención. La gracia y sensualidad de las curvas y tonos dorados de aquellos ojos lo mantenían hipnotizado.

Esta mujer de nombre falso, lo miraba con una dulzura y complicidad desconocidas. Torbal buscaba en lo profundo de sus ojos algún rastro de cinismo o simulación, pero no lograba encontrarlo. Ninguna de las putas con las que había estado, habían mostrado algún interés por él, y la mayoría de las veces ni siquiera tenían la disposición necesaria para ofrecer un buen servicio. Torbal reflexionaba vagamente sobre estos asuntos mientras la joven llevaba su monólogo hacia una nueva pregunta que Torbal no consiguió escuchar. —¿Qué? —preguntó nuevamente ante el rostro inquisitivo de la chica. —¿Te estás burlando de mí, verdad? —respondió ella con una sonrisa pícara y se arrastró lentamente besando el pecho y el vientre de Torbal hasta llegar a su miembro. Lo tomó firmemente con una mano, lo sacudió con maestría un par de veces y lo cubrió lentamente con su boca, provocando en Torbal un estremecimiento salvaje.

Durante un par de minutos, Torbal disfrutó de la dedicación de su compañera. Estaba tan concentrado en su deleite, que no pudo notar que una escaramuza de voces violentas crecía alrededor de la habitación. Volvió a la realidad, hasta que un agudo grito de mujer interrumpió las maniobras de su amante. La ola de voces amenazantes, golpes en las paredes y portazos se acercó rápidamente.

Tras un escandaloso crujido, la ridícula aldaba salió volando y la desvencijada puerta de palos escupió a un hombre grueso y moreno, armado con una impecable pistola automática y una espada corta al cinto. —¡Acá está patrón! — gritó el intruso hacia el pasillo, apuntando con su arma hacía la chica. Enseguida otro sujeto, igualmente armado, entró en la pequeña habitación, y con gran violencia obligó a la joven a salir de la cama. Su compañero también entró en la habitación y con un gesto de su arma le dio la orden a Torbal de girar para quedar con el rostro contra la pared.

En el pasado, Torbal ya se había encontrado en algunas situaciones como ésta, aunque la desnudez representaba una nueva variable para esta ocasión. Concluyó enseguida que oponer resistencia le garantizaría la muerte, por lo que decidió hacerse pasar por un comerciante acobardado.

Escuchó el típico y familiar sonido de una hoja abandonando su funda, pero nunca imaginó que la aguda punta de la espada se detendría entre sus nalgas. Ejerciendo una presión que pronto se convirtió en una pequeña herida. —Por favor señor, no me mate. Yo no estaba haciendo nada malo, no conozco a la muchacha —Torbal fingió lo mejor que pudo una voz atemorizada, mientras trataba de ocultar el rostro entre los hombros. —¡Cállese puto! Nadie le pidió que hablara —la respuesta del hombre armado vino acompañada de un aumento en la presión de la espada. Esta vez la herida dolió de verdad.

Un tercer intruso entró en la habitación. El vacilante sonido de sus botas lo anunció en el marco de la puerta. —¡Clarita, Clarita de mi vida y de mi corazón! —se escuchó la voz escandalosa y totalmente ebria del tercero. —Llego a ver a mi chamaca consentida y me salen con que está ocupada. Pues no, ¿verda? por eso me tomé la libertad de pasarme hasta acá, disculpen sus mercedes la interrupción —.

Torbal no volteó para ver al borracho, pero su tono prepotente e irónico bastó para hacerle hervir la sangre. La voz se arrastró nuevamente para ordenar que le acercaran a la chica. De rodillas frente al borracho, intentó presentar una disculpa pero sus primeras palabras fueron sofocadas por una sonora bofetada. La chica gimió, más humillada que adolorida, y guardó silencio.

Durante algunos largos instantes, el mutismo gobernó la habitación. Torbal afinó su oído para tratar de entender lo que ocurría a sus espaldas. Una sucesión de húmedos chasquidos y el suspiro extasiado del borracho, dibujaron una clara felación en su imaginación. El rítmico vaivén se consolidó mientras la presión del metal en su trasero disminuía. Torbal estaba a punto de preguntarse que pasaría con él, cuando la voz alcoholizada se manifestó: —Lleven a su mercé afuera y córtenle el pito. Luego que acaben, le traen a Clarita su recuerdito —.

Aunque la sentencia lo afectó profundamente, Torbal hizo lo mejor que pudo para no perder los estribos. Después de todo, esta no era la primera vez que alguien intentaba cortarle las pelotas. Lo primero que hizo fue fingir lo mejor que pudo una desesperación casi infantil. En cuanto uno de los escoltas lo sujetó, se echó a llorar y a suplicar con voz patética. Su captor guardó rápidamente su espada y sacó la pistola para presionarla contra la frente de Torbal. Enseguida lo jaló brutalmente del cabello y lo arrojó hacia la puerta.

Llevaron a Torbal a empellones por los pasillos vacios, que a su llegada estaban plenos de chicas semidesnudas y viajeros ebrios. Aprovechaba cualquier oportunidad para tirarse al piso y lloriquear. Los escoltas se deleitaban pateándolo en las nalgas y golpeándolo con la mano abierta en la cabeza.

Llegaron a las escaleras que los llevarían abajo, y no tuvieron el menor reparo en empujar a Torbal para verlo aterrizar en el descanso que dividía en dos el conjunto de escalones. Al caer, Torbal se golpeó tan fuerte que no tuvo que esforzarse mucho para lanzar un grito de dolor. Uno de los escoltas pasó por encima de él, pisándole los dedos de la mano. La sensación del crujido bajo sus botas le provocó una carcajada escandalosa. El otro, contagiado por la risa, se inclinó para tirar de los sucios cabellos de su víctima.

El momento que Torbal venía esperando desde que lo sacaron de la habitación, se presentó finalmente. El escolta devolvió su pistola al cinto. En un parpadeo Torbal alcanzó la espada de su captor, y le abrió una enorme brecha en la garganta. La sonrisa del escolta se convirtió en la obscura máscara de la muerte, antes de que naciera de su boca un grito ahogado en sangre.

El otro escolta volteó perturbado por el repentino silencio de su compañero. La imagen de su camarada, de pie, con un torrente de sangre en el pecho lo entorpeció por un segundo. Torbal ya tenía la pistola del moribundo en la mano, y no dudó en disparar a la cabeza del sorprendido, dejándole un enorme agujero en la boca.

Al ver los cuerpos de sus captores en el suelo, una sensación de paz inundó el corazón batiente de Torbal. Por un momento fijó su atención en la ridícula imagen de sus rostros inhertes, pero no sintió nada. A pesar del maltrato que le habían procurado, Torbal no fue capaz de patearlos o escupirles como lo había hecho decenas de veces en el pasado, con sus enemigos. En los ojos desorbitados y las mandíbulas distendidas de los cuerpos inertes, encontró una inocencia aterradora. Sus carcajadas se habían disipado para siempre.

Un alboroto se produjo repentinamente en la entrada principal del edificio. El barullo comenzó a acercarse hacia las escaleras donde Torbal reflexionaba batido de sangre. Reparó en el sonido solitario del disparo, tan familiar para sus oidos, pero seguramente alarmante para cualquiera que estuviera cerca de ahí. Los pasos apresurados que se aproximaban desde la entrada principal del pequeño edificio, lo convencieron de emprender la huída a través de la planta superior.

Mientras recorría a prisa la planta superior, daba un vistazo fugaz a las habitaciones vacías, pensando en el gran inconveniente de brincar a las calles llenas de gente con el cuerpo desnudo. En medio de la adrenalina recordó su ropa y las armas que había dejado en la habitación donde el borracho se había quedado con aquella hermosa chica.

Abrió la puerta de la habitación con un golpe escandaloso, y encontró la espalda gorda y rosada del borracho, envuelta entre las piernas de la joven que yacía bocarriba. El borracho hizo su mejor esfuerzo para voltear a ver a Torbal, pero su intención fue inmediatamente interrumpida por la espada que Torbal deslizó con gran firmeza a lo largo de su garganta. El cuerpo del borracho cayó encima de la joven, quien estalló en alaridos y batalló frenéticamente por apartar de sí el salvaje borbotón de sangre que amenazaba con ahogarla.

Torbal tomó sus pantalones y se los puso a toda prisa mientras escuchaba los pasos que se aproximaban por el pasillo. Encontró su pistola entre la ropa que estaba tirada en el piso y le retiró el seguro. Con ambas manos armadas se asomó al pasillo y descargó ambas pistolas sobre los tres hombres que se acercaban. Uno de ellos cayó enseguida, posiblemente muerto. Los otros dos se arrojaron al piso, y respondieron con disparos imprecisos mientras trataban de resguardarse en las habitaciones contiguas.

Torbal se protegió por un segundo en el cuarto y paseó su mirada entre la pequeña ventana, sus botas en el piso y el rostro aterrado de la chica. El hombre herido en el pasillo ahullaba por la bala que le quemaba el pecho. Torbal se asomó nuevamente y disparó sus dos últimos tiros contra un intento de sus perseguidores por avanzar. El chasquido de las armas vacías puso de manifiesto la desventaja de Torbal, quien miró por una última vez a la chica desnuda y ensangrentada en el rincón de la habitación. La chica lo miraba desde una perpleja atención. Torbal pensó fugazmente que aquella chica representaba lo más parecido al amor en su vida, pero el grito de dolor en el pasillo le recordó que no había tiempo para una sonrisa de despedida y se lanzó al piso para tomar su viejo cuchillo. Continuó arrastrándose, como un lagarto, hacia la ventana y se escurrió hacia el exterior.

Con grandes dificultades, Torbal se aferró a los pocos relieves del edificio para alcanzar el techo de doble declive. La mano armada de uno de sus perseguidores se asomó por la ventana y disparó numerosas veces sin éxito.

Desde el techo, Torbal miró en torno para encontrar un camino que lo alejara de los testigos. En la calle, cerca de la entrada principal del edificio, ya se escuchaba el escándalo de la gente reunida por el morbo. En dirección opuesta, un par de metros de altura separaban a Torbal del techo de otra línea de edificaciones.

Varios saltos sobre callejones, tejados y cercas, lo acercaron a un bloque espeso de bosque, la obscuridad le ocultó hasta que se encontró lejos de los fuegos del pueblo y en silencio.

A la mañana siguiente, pasado el mediodía, Torbal llegó por fin a ver los puentes de la Gran Córdoba. Por debajo, el río Jamapa pasaba como un bálsamo de frescura para el calor sofocante. La vista del río uniendose con el mar y las naves distantes distrajeron por un buen rato la atención del forastero, que ahora vestía un poncho que cubría parte de la sangre seca en sus pantalones, y calzado con unos huaraches que despertaron nuevas ampollas en sus pies.

Antes del amanecer, Torbal utilizó su cuchillo para exigirle a un pastor aquellas prendas. El hombre no opuso resistencia, cedió sus pertenencias sin pensarlo y salió corriendo, ignorando el desorden de su rebaño.

Al otro lado de cada uno de los puentes, una puerta permanecía cerrada. Una multitud repartida a lo ancho de los amplios cruces esperaba acalorada ante las murallas. Los carros y camiones motorizados rodeaban el perímetro del Puente Norte. En el Puente del Occidente, carretones de materias primas tiradas por mulas viejas o bueyes, ganado de todo tipo, y comerciantes de diferentes condiciones aguardaban sentados o discutiendo sobre lo inoportuno y extraño de su espera.

Torbal recorrió lentamente el gran claro que separaba los bosques de los puentes. Sus pies arrastraban un cansancio viejo como la tierra. Un camino de decadas tras él y una promesa nebulosa y frágil de bonanza ante sus pasos. Llegó al cabo de la enorme fila del Puente Occidente y ocupó su lugar hasta que un guardia a caballo se acercó anunciando que el acceso a la ciudad permanecería restringido indefinidamente. El anuncio no pareció sorpender a nadie, por lo que Torbal dedujo que el bloqueo llevaba ya, algunas horas.

Se apresuró para llamar la atención del jinete, hasta que éste se detuvo de mala gana. Torbal pronunció la contraseña que ya había utilizado en el pasado. El guardia lo miró de pies a cabeza con gran desconfianza, y le ordenó que se acercara a la puerta, antes de alejarse a galope. Una vez en la puerta, Torbal presentó su contraseña ante un guardia que parecía de mayor rango y le fue asignado un sirviente que le conduciría de las murallas hasta la Casa del Relámpago.

Del otro lado de la gigantesca puerta de madera y metal, cientos de personas se movían a lo largo y ancho de una calzada que parecía no tener fin. La visión al interior de las murallas renovó el ímpetu en Torbal.

Siguiendo los pasos presurosos del sirviente, Torbal sintió que su jornada estaba cerca del fin. El uno tras el otro avanzaban a través de la calzada que se movía como una serpiente hacia el centro la Gran Córdoba. Nunca antes había visto a tanta gente en un sólo lugar, ni tantos edificios ocupados. Mujeres gritaban desde los portones anunciando comidas o alojamiento, niños en grandes grupos corrían por los bordes de la calzada, jugando y ofreciendo escapularios a los transeúntes. El humo de las numerosas chimeneas se levantaba formando una gran nube gris. Los obscuros arcos en las fachadas de algunos edificios cobijaban la entrada y salida de hombres cargando enormes sacos de papa, rabanos y maiz. Los estandartes de la montaña coronada por un trueno, ondeaban en lo alto de los ocres y viejos edificios.

En los estrechos límites de su imaginación, Torbal revivió las leyendas de la Ciudad de México. La más grande de las ciudades fantasma. En un par de ocasiones, su vida errante le había conducido, casi por accidente, a los límites del Valle de México. Centenas de leyendas se contaban en torno a las ruinas de la gran ciudad, historias maravillosas sobre el esplendor de su pasado, previo a las guerras del mundo viejo. Desde los montes, Torbal pudo ver la enorme extensión del valle cubierto por el agua y la vegetación. En medio de aquel mar de escombros destacaba el desconcertante silencio de sus torres truncas, esperando en medio del valle, como atlantes dormidos.

A pesar de la enorme curiosidad que el paisaje de la ciudad provocaba en Torbal, nunca se aventuró a explorar la profundidad del valle, principalmente por la intensa resistencia del Pachuca. Entre las miles de historias que se contaban acerca de “La Ciudad de los Muertos”, destacaban las que incluían demonios encarnados, espíritus vengativos, muertos vivientes, salvajes humanos con rasgos felinos, espejos a otros mundos, brujas de belleza irresistible, y otra centena de cosas que El Pachuca y sus numerosas supersticiones no estarían dispuestos a enfrentar bajo ninguna circunstancia.

La calzada principal de la Gran Córdoba desembocaba en una plaza amplia, limitada en sus cuatro márgenes por edificios del mundo viejo, con fachadas llenas de arcos, donde guardias vestidos de negro cuidaban su posición. Música viva llenaba la plaza con una cadencia tan estridente como extraña, para nada parecida a los corridos que podían escucharse en los parajes y caminos que Torbal había visitado. La música que llenaban la plaza provenía de una orquesta que ocupaba ambos extremos de un estrado donde parecía llevarse a cabo una ceremonia ritual. Cientos de hombres y mujeres se inclinaban ante un grupo de sacerdotes semidesnudos que paseaban copas de incienso alrededor de un altar ocupado con una multitud de ídolos tallados en madera o en piedra.

Para Torbal resultaba obvio que la Casa de Mando debía ser aquella que miraba hacia el poniente, con el estandarte de la montaña y el relámpago pendiente de la parte mas alta de su fachada. Rodeando lentamente a la multitud, se acercaron a las puertas de la Casa de Mando. Varias decenas de guardias cubrían la fachada, los balcones, las almenas y las azoteas. El sirviente presentó a Torbal en la puerta.

Unos ojos les inspeccionaron rápidamente a través de una escotilla, y la puerta se abrió enseguida para dejarlo entrar. En el interior una voz le indicó que continuara hasta un patio amplio donde le solicitaron que esperara a “El Yaqui”.

En medio del amplio patio, Torbal pudo ver a una multitud de hombres recorriendo los dos pisos superiores con algo de alarma. Esperó poco, pero impacientemente, hasta que un hombre moreno y enorme salió de las escaleras en penumbra y caminó directamente hacia él, escoltado por un par de hombres enmascarados y completamente vestidos de negro.

—¡Torbal, El Chacal! Es un honor conocer a la leyenda. Bienvenido a la Gran Córdoba —. El rostro de reptil del Yaqui recorrió la sucia imagen de Torbal, mostrando una sonrisa amplia, sin perder la mirada obscura y desafiante. Torbal le devolvió la sonrisa exagerando un poco el placer que le provocaba el haber completado su marcha.

—Como podrás ver, nos encontramos en estado de alerta. Ayer por la noche, nuestro señor Aarón Cabrera fue asesinado en una poblacion cercana. Me temo que en este momento no podemos respaldar las garantías que el patrón te había ofrecido. Tendremos muchos cambios en los próximos días y creo que lo mejor para todos es que nuestros aliados se mantengan a salvo.

Antes de que El Yaqui terminara su explicación, Torbal sintió dos objetos punzantes oprimiendo su espalda, los guardias enmascarados se adelantaron un par de pasos y le apuntaron con fusiles. Un hombre más se apresuró a hurgar bajo el poncho que cubría el cuerpo de Torbal, y encontró el cuchillo y la pequeña pistola vacía.

—Espero que no nos guardes rencor —continuó El Yaqui burlándose un poco —cuando las cosas se enfríen serás liberado igual que los demás —. Enseguida dio la señal a sus hombres y las puyas en la espalda de Torbal le obligaron a avanzar antes de poder maldecir al Yaqui cara a cara.

Torbal fue conducido rápidamente, a través de una serie de patios y pasillos que le desorientaron completamente. La escolta se detuvo ante una amplia puerta que manaba frío y humedad, donde Torbal recibió la orden de avanzar escaleras abajo. La obscuridad en el sótano era profunda, media docena de antorchas le daban forma a un pasillo largo, flanqueado por un sinnúmero de celdas. Los presos emergieron desde el fondo de sus prisiones, se agolparon en los barrotes y ladraron como una jauría al paso de la escolta.

Cuando la escolta se detuvo al final del pasillo los gritos habían terminado, con excepción de un par. —¡Él es el asesino, ese fue el que se chingó al patrón!— gritaba uno, y el otro lo secundaba casi desgañitándose: —¡Déjenos ver al hijo de la chingada, él lo mato! —.

Los guardias se miraron entre sí durante un instante. Con una señal silenciosa, el líder del grupo ordenó a uno de sus subalternos que atendiera aquellos gritos. Antes de que Torbal pudiera cruzar palabra con sus captores, recibió un culatazo en el vientre y fue obligado a tirarse boca abajo en el piso, con las manos en la nuca y un fusil en la sien. Reunieron sus manos a sus espaldas, y pusieron grilletes en sus muñecas. Cuando los grilletes cerraron, Torbal fue asaltado por un presentimiento casi tan desagradable como la húmeda viscosidad que sus mejillas encontrarón en el suelo.

Un frío silencio llenó el tunel durante un instante que pareció una eternidad para Torbal. Repentinamente, dos pares de manos tomaron violentamente sus tobillos para arrastrarlo de regreso hasta el punto de origen de los gritos.

—¡Párese cabrón! —una voz como látigo lo golpeó, casi al mismo tiempo que una patada en las costillas. Lentamente, se puso en pie, balbuceando con dificultad algunas palabras con la intención de calmar a sus captores. A sus espaldas uno de los guardias tiró de su cabello para exponer con claridad su rostro ante la luz de la antorcha. Los hombres dentro de la celda le reconocieron: —Es él, él mató al patrón y a los nuestros, estaba desnudo y escapó por la ventana.

Sin más careo, el líder de la escolta golpeo dos veces la cabeza de Torbal con la culata de su fusil. Torbal perdió el equilibrio pero no cayó.

La escolta lo sacó del sótano a rastras, y le obligaron a recorrer otro laberito de pasilllos, patios y escaleras, hasta que le empujaron al suelo, junto a una puerta de madera.

Esperaron todos callados hasta que por el borde del pasillo apareció el Yaqui, caminando detrás de un hombre mediano, grueso y barbado. Al ver que se acercaban, la escolta puso de pie a Torbal a toda prisa. En presencia del barbado todos los guerreros inclinaron la cabeza en señal de reverencia y él preguntó: —¿Éste es el hombre? —a lo que El Yaqui contestó afirmativamente. —Vamos adentro —agregó el hombre barbado.

Los guardias retiraron la enorme aldaba que mantenía la puerta cerrada por fuera, y la abrieron de par en par. Torbal fue arrastrado al interior de una habitación poblada con una variedad fascinante de muebles y objetos del mundo antiguo. Las tinieblas que dominaban el espacio se esfumaron cuando dos de sus captores corrieron las cortinas completamente. En el centro de la recámara, una cama enorme y sucia, alojaba a una chica que trataba inútilmente de incorporarse, impedida por las correas que la ataban a los vertices de la cama. La chica, aunque silenciosa, se mostraba completamente aterrorizada. Su rostro, brazos y piernas, estaban marcados con moretes y raspones.

El Yaqui se acercó a la cama y se dirigió a la chica: —Mujer. Ante tí nuestro señor Juan Cabrera, ley de la Pequeña Córdoba y sangre de nuestro difunto señor Aarón “El relámpago en la Montaña”. Tendrás el honor de cambiar con él palabra, cuida tu lengua y guárdate de mentir, si aprecias tu vida —.

Juan Cabrera extendió su mano para ordenar silencio al Yaqui, se acercó a un costado de la cama y habló: —¿Reconoces a este hombre? —. La chica siguió el índice del barbado y buscó con sus mirada desorbitada el rostro del preso semidesnudo. Torbal la reconoció perfectamente, pero no encontró ni el más mínimo rastro de la ternura y sensualidad que le habían cautivado. La chica detuvo por un momento sus sollozos, analizando el rostro de Torbal y se echó a llorar estrepitosamente.

—Póngalo en un hoyo —ordenó Juan Cabrera en tono seco, antes de encaminarse a la salida sin decir más. Los guardias pusieron una soga de cuero en torno al cuello de Torbal, y tirando de ella lo condujeron afuera.

Después de otro laberíntico recorrido por pisos y pasillos, Torbal llegó con su escolta a un patio pequeño rodeado por altos muros. Repartidos en el centro del patio, se encontraban varios agujeros de escasa amplitud y de profundidad difícil de calcutar. Los guardias retiraron la correa del cuello de Torbal y se aseguraron de que los grilletes que aprisionaban sus manos por detrás de la espalda estuvieran bien colocados.

Empujaron a Torbal por la espalda, con tal fuerza que trastabilló y perdió el equilibrio. Enseguida cuatro hombres lo levantaron como un tronco y lo enfilaron de cabeza hacia la más próxima de las cavidades. Con precaución suficiente para no causarle demasiado daño, los guardias bajaron a Torbal a través del agujero, hasta que su cabeza tocó el fondo. Cuando lo soltaron por completo, todo el peso de su cuerpo quedó apoyado sobre su cabeza, causándole un inmenso dolor y obligándole a hacer un gran esfuerzo con su el cuello para conservar la vertical. Torbal experimentó una necesidad atroz de gritar, pero se contuvo ante el miedo de romperse el cuello con un movimiento en falso.

Las carcajadas de los guardias se filtraban por los resquicios del agujero hasta convertirse en débiles murmullos. Al escucharlas, la furia de Torbal se avivaba convirtiéndose en una desquiciante frustración que amenazaba con estallar con las pulsaciones de la sangre agolpada en su cabeza. Cuando la horrible sensación de confinamiento estaba a punto de romper en pedazos su cordura, una cálida sensación en la planta de sus pies le condujo nuevamente a la realidad. El calor corrió rápidamente por sus piernas, y se extendió por su torso hasta acercarse a su cara. El olor de la orina llenó el diminuto espacio y mojó las duras piedras del fondo. Otras dos corrientes cálidas recorrieron el cuerpo de Torbal de pies a cabeza, sacudiendo su cuerpo con una rabia que le hacía rechinar los dientes.

Cuando Torbal se cansó de gruñir como un cerdo herido, se percató del impecable silencio que le rodeaba. La orina que lo empapaba comenzaba a ponerse fría y a provocarle un ligero escozor.

La paciencia nunca fue una virtud natural en Torbal. Continuamente maldecía y agitaba su cuerpo, golpeándose contra las paredes del agujero. Con cada desplante de violencia, su postura se volvía mas dolorosa y la herida en su cabeza se acentuaba. Poco a poco, los músculos de su cuello y espalda, coincidieron en un único calambre que petrificó todo su cuerpo. Sus piernas dejaron de responder y se convirtieron en un lastre que le impidió mantener un mínimo de control sobre su cuerpo.

Toda una eternidad de sufrimiento pasó, antes de que la presión de la sangre en su cabeza, le hiciera perder el conocimiento.

Una sacudida lo puso en alerta. Susurros lejanos y un zumbido tortuoso. Trató de abrir los ojos, pero el intento le provocó un dolor abstracto. Su consciencia flotaba en la obscuridad del vacio, lejos del cuerpo. Torbal pensó que había muerto y que había cruzado a otro mundo. El dolor en su cabeza crecía insoportablemente con el zumbido, al mismo tiempo que un hormigueo en su rostro. Sintió sus parpados moverse pero su visión era casi nula, solo sombras y el horrendo hormigueo extendiéndose por su cuerpo. El frío de la piedra apareció en su espalda y las voces de sus captores se volvieron cada vez más claras cuando el zumbido comenzó a ceder.

Sintió a medias como lo levantaron de las axilas y le arrastraron fuera del patio para comenzar un recorrido a través de la casa. Su cabeza se balanceaba inerte hacia hacia adelante, provocándole continuas explosiones de dolor. Torbal aullaba y babeaba sin control en medio de las carcajadas de su escolta, escuchaba con dificultad los improperios que los guerreros del trueno, y era blanco de los que escupían desde los barandales en los pasillos superiores.

El hormigueo se extendió rápidamente por todo su cuerpo, a veces con intensidad suficiente para provocar movimientos reflejos en sus piernas. El cuerpo entero de Torbal volvía lentamente a la vida, pero sus ojos eran incapaces de separar la luz de las sombras.

Cuando la escolta salió del laberinto de pasillos para cruzar el patio más grande de la casa, Torbal distinguió un estruendo grave y regular aproximándose.

La gran puerta de la Casa de Mando se abrió de par en par con una magna dilación. El clamor de la multitud y los tambores se desbordaron en los oídos de Torbal, erizándole la piel y provocándole un par de erráticos espasmos. Los guardias le empujaron para probar sus piernas medio dormidas. Torbal, ciego y torpe cayó al suelo de rodillas, incitando al gentío escandaloso. Lo arrastraron por un pasaje, flanqueado por guerreros cordobeses, hasta llegar al centro de la plaza.

En un templete casi tan alto como un hombre, los dos sujetos que delataron a Torbal y la mujer que hace un par de días yacía con él, pendían de un travesaño, atados por las muñecas. La chica gemía casi en silencio, mientras que los varones se sacudían y chillaban exhaustos.

Subieron a Torbal al templete y con una polea lo levantaron de las muñecas, hasta que ocupó el cuarto lugar en el travesaño. El estruendo de los tambores se detuvo abruptamente; un largo y grave llamado de cuerno provocó un silencio absoluto en la plaza.

Juan Cabrera subió al templete con aire solemne y se llevó el puño a la boca para aclarar su garganta antes de comenzar: —La sangre del trueno ha sido derramada por nuestro enemigo de más allá del mar. Hace un día y una noche, vuestro amo y patrón: Aarón Cabrera, “Señor del Trueno en la Montaña”, fue muerto por estos cuatro cobardes que mueren hoy aquí —. La muchedumbre estalló en un millar de alaridos furiosos, las numerosas filas de guerreros del trueno y la plebe del pueblo vibraron en un solo grito de condena que tardó en calmarse a pesar de la solicitud del orador. —Pero no bastará jamás la sangre de estos pérfidos para saciar nuestra venganza. Iremos más allá del mar a llevarle la muerte a los mayas, y sus matriarcas estarán pronto en este patíbulo para rendirle cuentas a nuestro acero —. El tono final de Juan Cabrera, colérico y emotivo, llevó a su gente a un estado de éxtasis. Los tambores reiniciaron su marcha, los guerreros golpeaban con sus escudos la tierra al compás del estruendo, y la gente simplemente se desgañitaba en pos de su líder.

Al escuchar las palabras de Cabrera, Torbal comenzó a sacudirse como un pez recién sacado del agua. Gritaba desesperado y hacía su mejor esfuerzo por poner a prueba las correas que lo ataban. Nunca se había sentido tan desprovisto, tan ridículo, tan lejos del poder. Maldijo todo lo que pasó por su mente, con una avalancha de incomprensibles palabras. La sangre le hervía en la cabeza multiplicando su dolor.

Su rabieta se terminó cuando escuchó los sollozos aterrados del prisionero colgado en la primera posición. Enfocó lo mejor que pudo para adivinar la silueta del prisionero colgando y retorciéndose. En el clamor de la gente se formó un vacío cuando el verdugo levantó un pequeño cuchillo, tan brillante como afilado, sin más espera lo enterró ligeramente por debajo del plexo, luego con un movimiento bien calculado rasgó todo el vientre del desdichado con un corte poco profundo que llegó hasta el coxis. El primer alarido del prisionero se perdió entre la ovación de los cordobeses.

El grito hizo palidecer a Torbal, mientras que la chica a su lado, vomitaba escandalosamente. El segundo prisionero, estoico hasta el final, maldecía furioso a los Cabrera y sus generales. Sin aviso, el verdugo detuvo sus improperios con un corte que liberó una cascada de intestinos, que bañó, el ya de por sí sangriento tablado.

La claridad volvió a los ojos de Torbal. Finalmente pudo ver con nitidez, el mórbido espectáculo de los hombres que aullaban suplicando la muerte, el semblante enfermizo de la chica a su diestra, los rostros implacables y vacios de los guerreros en la primera línea, y la sombra vibrante de la multitud que llenaba la plaza.

El verdugo posó sus ojos ajenos y obscuros en la joven desnuda, ella volteó hacia su izquierda, para esconderse de aquella terrible mirada, y encontró los ojos de Torbal. Sin decir una palabra, imploró por su salvación, y cerró los ojos con fuerza cuando sintió la hoja penetrando su vientre. El horror de sus gritos provocó un escalofrío que enmudeció por un momento a la multitud.

El verdugo, bañado en sangre hasta el rostro, trataba de limpiar la hoja del cuchillo contra el cuero de su mandil. El movimiento, trajo el recuerdo de un par de momentos en los que Torbal se encontró del otro lado del acero. Volvió a su memoria el rostro de aquel niño otomí que había poblado sus pesadillas por años y que creía haber olvidado. Recordó su llanto callado y el hilo de sangre que nacía en su boca. Torbal atravesó al chico con su espada corta, cuando éste le atacó con un machete, tratando de vengar la muerte de su madre y la de sus dos hermanos, a manos de Torbal y su tropa.

El Pachuca tenía razon al decir que un muerto estaba colgado del espíritu de Torbal. Aunque tal vez se trataba de más de una docena. A Torbal le exasperaba que su socio declarara este tipo de cosas con su certeza de vidente, pero se esforzaba por disimularlo.

La hoja entró limpiamente, despertando a Torbal de sus cavilaciones, el dolor fue tan intenso que le resultó ajeno al principio. El segundo movimiento del cuchillo le arrancó un grito tan terrible que debió haberlo matado, pero no lo hizo.

El sol del amanecer se asomaba en la plaza desierta. Media docena de hombres sucios y silenciosos trabajaban alrededor del tablado cubierto de sangre. Colocaban los cadáveres en una carreta de madera, enegrecida por las costras de sangre vieja.

El primero en morir fue uno de los guardias de Cabrera, y un par de horas más tarde, la joven junto a Torbal, lanzó su último grito provocando un eco fantasmal en la plaza vacía.

Torbal dejó de sentir dolor poco después de la muerte de la joven. Una sensación de calor reemplazó al implacable frío de la muerte. Lentamente, el sueño màs profundo nubló su consciencia.

Sus oídos despertaron cuando le desataron las manos para colocarlo en la carreta. Solo pudo escuchar los lamentos del otro guardia que aun vivía. Le deseó la muerte, con una compasión sincera.

Sintió sólo a medias cuando le colocaron en la carreta. Abrió los ojos y vio al niño otomí de sus pesadillas, parado junto a la carreta. La imagen lo llenó de terror, pero su cuerpo no respondió. El niño lo miraba fijamente, sin emoción.

La carreta inició su marcha. La visión del pequeño se quedó en la plaza, mientras que Torbal se sumergía en la niebla de la muerte.

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