Lobo

Posted on Ago 7, 2016

Había una vez, un Perro que vivía en una pequeña granja en medio del bosque. Durante el día acompañaba a los hijos del Amo, cuando salían a recoger leña o cuando llevaban a pastar a las cabras; y por las noches, velaba la humilde casa de madera y los refugios de los pocos animales que la rodeaban.

En una ocasión el Perro daba su ronda habitual alrededor de la granja, cuando escuchó un breve alboroto en el gallinero. Se apresuró hasta la pequeña barraca, la rodeó rápidamente y vio que una de las cinco gallinas había desaparecido. Las otras cuatro cacareaban en un histérico desorden: ¡Una sombra, un monstruo, un demonio, un lobo!

El Hombre despertó por el escándalo. Descubrió que una de sus gallinas había desaparecido y montó en cólera. Sujetó al Perro a un poste utilizando una correa de cuero, y con un palo lo golpeó hasta dejarlo medio muerto.

Durante meses el Perro anduvo rengueando. Evitaba apoyar una de sus patas traseras y no podía tenderse sobre su costado izquierdo. A pesar de sus dolencias, hacía su mejor esfuerzo por atender sus deberes, ante la atenta mirada de su amo, que buscaba alguna razón para deshacerse del animal. Los meses pasaron, pero el recuerdo de los golpes del Hombre no desapareció de la memoria del Perro.

Una noche, en la que la nieve ya cubría completamente la altura de los pinos, el Perro se refugiaba del frío en un hueco por debajo de la leña seca. Entre los aromas del bosque helado y la chimenea, llegó hasta sus narices una esencia que lo despertó de su modorra. Sus orejas se tensaron cuando los chillidos de los conejos hicieron más grandes sus sospechas.

Salió como un rayo hacia la conejera, esta vez en silencio. La rodeó rápidamente olfateando y espiando por los huecos en la madera, buscando alguna señal en el extraño silencio del interior. De pronto, los conejos se arremolinaron aterrados. Una sombra se movió rápidamente para salir por un hueco en el techo, luego dio un salto y se movió velozmente hacia el bosque arrastrando a su presa. El Perro, desconcertado, se soltó a ladrar y fue tras la sombra.

Atravesaron los límites del valle, y empezaron a subir por la ladera. Subieron ágiles entre las piedras y los arbustos. La Sombra dejó caer el cuerpo de la coneja muerta, al ver que el Perro le pisaba los talones. El Perro redobló su esfuerzo y consiguió arañarle ligeramente una pata con un mordisco. La Sombra trastabilló brevemente y trató de distanciarse con un par de zancadas largas y desesperadas que aterrizaron sobre una roca suelta. Perdió el equilibrio, rodó entre las piedras, y se perdió en la oscuridad con un chillido.

El Perro se vio sorprendido por la estrepitosa desaparición de su presa. Guiado por su olfato, trataba de retomar el rastro, cuando un ladrido salió de una enorme grieta oculta en la obscuridad: – ¡Socorro, ayúdenme! –. El Perro se asomó y vio con dificultad a un joven Lobo, que desesperado trataba de alcanzar un apoyo para evitar su caída hacia la inmensurable profundidad del agujero. El Joven Lobo rogó al Perro para que no lo dejara morir.

Vio el Perro, tal congoja en la súplica del cachorro, que se obligó a estirarse dentro de la grieta para hincar sus dientes en la nuca del chico, y lo ayudó a salir.

Estaban tomando un respiro después del esfuerzo, cuando el Perro se dio cuenta de que a sus espaldas tres figuras se aproximaban. Se dio la vuelta con un salto y se enfrentó a los gruñidos de una tercia de lobos enormes.

El lobezno corrió a reunirse con los suyos de inmediato. El más grande y obscuro de ellos le lanzó una dentellada que lo obligó a soltar un chillido. Enseguida, los ojos del Lobo Negro se clavaron en el Perro, mientras los otros dos se disponían a lanzarse sobre él.

El Perro ya se preparaba para morir, cuando el disparo de un arma cruzó el aire. Los lobos se esfumaron inmediatamente. El Perro se quedó en su sitio, echado de panza; tenso y con el corazón a toda marcha.

El Amo y sus hijos se acercaban con antorchas y rifles. El Padre se detuvo para apuntar, y disparó en dirección al Perro. Falló por poco. El Perro supo que su vida no duraría ni un día más en la casa de la gente. Saltó a un lado y desapareció en la obscuridad del bosque. El Amo disparó un par de veces más sin provecho, sus gritos frustrados hicieron eco en el negro silencio de la noche.

El Perro pasó días y noches vagando por las montañas. Acechando con poco éxito a ratas y liebres, mientras el invierno avanzaba. Atravesó los montes y consiguió internarse nuevamente en el bosque, pero el hambre y la fatiga finalmente lo vencieron. Entre los árboles, perdió el sentido, abrigado solamente por el rumor del viento helado.

Horas más tarde la nieve lo había cubierto casi por completo. Despertó cuando sintió una serie de insistentes rasguños en la cadera. Se levantó como el disparo de una ballesta, gruñendo y mostrando los dientes, pero el hambre pesó sobre sus patas como una lápida, y volvió nuevamente al suelo.

Se encontró rodeado por media docena de lobas y sus cachorros. Tan débil como estaba, ni siquiera pudo pedir clemencia. El Joven Lobo que había rescatado de la grieta se acercó al grupo con los restos de un costillar de venado entre los dientes. Dejó caer la carne frente al Perro y la empujó con el hocico para que pudiera morderla.

El Perro tardó mucho, pero devoró con ansia hasta el último rastro de grasa o carne que pudo encontrar entre los huesos. La manada lo miró con una mezcla de curiosidad y desprecio. Cuando terminó, sus tripas se estremecieron como si el alimento les fuera desconocido. Los lobos se habían ido sin que se percatara de ello. El sueño lo asaltó con más fuerza que antes, y volvió a dormir.

Despertó de noche, la nieve había dejado de caer. El Perro miraba en todas direcciones tratando de definir un rumbo, cuando la presencia del Gran Lobo Negro lo sorprendió.

Se acercó al él con una mirada gélida. Después de olfatearlo lentamente y en silencio, el Lobo Negro colocó su cabeza por encima del lomo del Perro para imponerle su dominio. Al principio, el Perro escondió la cola, pero la situación le resultó tan incómoda, que el pelaje en su lomo se crispó y el blanco de sus colmillos quedó completamente expuesto en un gesto terrible. En un parpadeo, el Perro giró y se lanzó sobre el cuello del Lobo, éste lo esquivó fácilmente y contraatacó, también al cuello. La diferencia de tamaño entre ambos le permitió levantar al Perro de una mordida y sacudirlo por los aires, antes de lanzarlo a una buena distancia. El Perro giró en la tierra con un chillido, y se puso torpemente en pie.

— Te debo la vida de mi hijo, por eso no mueres hoy —comenzó el Lobo. — Solo nuestra manada es dueña de estas tierras. Si quieres vivir de ellas aceptarás mi dominio. Entrarás en la tierra del Hombre y traerás de él una presa, como lo hacen los niños de nuestra manada para hacerse mayores… También puedes despreciarme y dejar que el hambre te mate. Los cuervos se comerán tus ojos—.

El Lobo Negro se alejó trotando y desapareció en la obscuridad. El Perro se quedó petrificado por un largo momento, y después de varias vueltas sobre sí, emprendió su camino de vuelta.

Hambriento y exhausto el Perro llegó al valle donde la casa del Hombre se encontraba. La nieve azotaba la tierra llevada por la fuerza del viento. Se escabulló como una sombra hasta llegar al gallinero. Rodeo lentamente el pequeño refugio de madera, mientras las gallinas cacareaban desesperadas: —¡Demonio, demonio! —. Rasco a toda prisa, y se metió con dificultad por debajo de una tabla corta raspándose todo el lomo.

Ladridos sonaron atrás de la cabaña del Hombre. El Perro se precipitó sobre las gallinas, que lo esquivaban cacareando como locas. Los ladridos se acercaron pronto, tres perros rodearon el gallinero con un escándalo que despertó a todos en la Cabaña.

El Hombre llegó con su rifle, acompañado por sus dos hijos, uno con una pistola y el otro con un hacha. El Perro, acorralado, se encaramó en un rincón del gallinero.

El Amo derribó la miserable puerta con una patada, las gallinas salieron despavoridas en todas direcciones. El hombre y los chicos se quedaron a la expectativa por un instante. Un aullido largo y estremecedor se escuchó en la lejanía. El Padre metió lentamente los cañones de su rifle al gallinero, y se asomó hasta poder ver la sombra en el rincón.

Sin aviso, el Perro se lanzó sobre su antiguo Amo y le prensó la muñeca derecha con toda la fuerza de su angustia. El Hombre se desgañitaba de dolor, mientras sus hijos no se decidían a disparar por temor a herir a su padre. El rifle se detonó por accidente y le atinó a uno de los perros de la granja, terminando enseguida con sus ladridos. El Perro, aterrado, apretó las mandíbulas con toda su alma, hasta que la mano del Amo se desprendió del brazo. Se quedó con ella y salió esquivando los disparos nerviosos del mayor de los hijos. Los perros de la granja atemorizados por las detonaciones, se dispersaron. El hijo más pequeño dejó el hacha, tomó el rifle de su padre, cortó cartucho y disparó.

El Perro sintió un impacto abrasador en el costado derecho. Mordió con más fuerza la mano que llevaba en el hocico y siguió su carrera. Ajeno al dolor se internó en el bosque, conforme avanzaba la muerte lo apresaba sin que pudiera notarlo. Antes de desplomarse, sintió la presencia de los lobos corriendo a su lado.

La mano púrpura del Amo quedó sobre la nieve, cerca del cuerpo inerte del Perro.

El Lobo Negro se detuvo ante los restos del Perro, lo rodeo solemnemente y lanzó un aullido profundo y vibrante. Los miembros de la manada que se encontraba allí, se unieron al homenaje que cruzaba el valle y hacía eco en las montañas.

BlackB

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