Mindy y Arthur

Posted on Dic 23, 2015

En 1980, Mindy Glazer era una hermosa jovencita, de cabello oscuro, ojos dulces y sonrisa fácil. En aquel verano estaba por completar el último año de su educación media en Nautilus, una escuela casi tradicional para los jóvenes de Miami Beach.

El padre de Mindy era capitán de la marina norteamericana, razón por la cual, se encontraba fuera de casa continuamente. Su madre se dedicaba al hogar y a impartir lecciones de baile en un par de casas de retiro para ancianos del otro lado de la bahía. En aquella época, los días de Mindy pasaban como una brisa refrescante, entre helados de fresa y los capítulos repetidos del Súper Agente 86.

Las pocas, pero intensas preocupaciones de Mindy, giraban en torno a un apuesto chico de su clase, llamado James Harris: alto, rubio, simpático, audaz y capitán del equipo escolar de béisbol. Una combinación que deslumbraba a más de una veintena de chicas en Nautilus.

James acompañaba a Mindy a casa casi todas las tardes y se sentaba con ella con frecuencia en el almuerzo desde hace un par de meses. Mindy no estaba segura de que James fuera su novio, pero los pocos besos que habían compartido le resultaban suficientes como para no preguntar más.

El problema para Mindy radicaba en la competencia, pues le resultaba difícil mantenerse ecuánime ante los muchos rumores que ligaban a James con otras chicas. Además de que constantemente tenía que soportar que animadoras y jugadoras del equipo de voleibol hablaran con James desde una distancia inferior a los 20 centímetros. Pero el colmo de la situación, era que James no hacía más que seguirles el juego con una enorme sonrisa de placer.

A diferencia de James, el joven Arthur Booth no tenía ojos para nadie que no fuera Mindy Glazer. En todas las clases que compartían, Arthur hacía su mejor esfuerzo por llegar con anticipación para poder ocupar un lugar cerca del asiento que comúnmente utilizaba Mindy.

Arthur no vivía en Miami Beach como la mayoría de sus compañeros, quienes en su mayoría llegaban a bordo del camión escolar. Arthur llegaba a la secundaria Nautilus en transporte público después de un recorrido de más de una hora desde el otro lado de la bahía. En una situación normal, Arthur no habría sido aceptado en Nautilus, pero su excelente rendimiento en la escuela elemental le había ganado un apoyo gubernamental para acudir a una institución de mejor categoría.

Arthur se complacía en comentar cualquier cosa con Mindy, aunque el retumbar de su corazón le obligara a responder con torpes monosílabos. Por su parte, Mindy no tenía dificultad para mostrarle a Arthur su simpatía, e incluso lo admiraba por la naturalidad de su inteligencia y por su sentido del humor. Arthur se enamoró perdidamente de Mindy desde la primera vez que la vio, pero no se animaba a declararlo pues veía que sus posibilidades eran muy pocas.

Una tarde, cerca del fin de curso, Mindy y Arthur salieron del salón donde compartían la clase de ciencias y se dirigieron hacia el lado sur de la escuela, donde se suponía que debían pagar el alquiler de la toga y birrete que utilizarían en el evento de graduación. Cuando bajaban la escalera, Mindy interrumpió abruptamente su diálogo cuando identificó a James, del otro lado del patio, besando a Kelly Dickens, del equipo de voleibol. Arthur siguió la mirada de Mindy ante su repentino silencio y aterrizó sobre la terrible escena. Sin aviso, Mindy se dio la media vuelta para alejarse envuelta en lágrimas.

Arthur la siguió y logró alcanzarla del otro lado de la escuela, cuando Mindy se sentó debajo de una escalera. Sus lágrimas salían a borbotones bajo las manos que cubrían sus ojos. Arthur se sentía como un bobo por no tener el valor de abrazarla y decirle que no tenía porque llorar por ese imbécil; que él era el chico que la seguiría al mismo infierno, que no habría en el mundo joven más digno de su cariño que aquel que tenía frente a sí. Pero en lugar de eso se limitó a quedarse parado frente a ella sin decir palabra.

Después de sollozar por varios minutos, mientras veía entre sus dedos los zapatos viejos y sucios de Arthur, Mindy detuvo su llanto y levantó su mirada. Encontró el rostro sinceramente afligido de Arthur que trató de curar su destrozado corazón con una sonrisa corta y torpe. Mindy le devolvió una sonrisa avergonzada y dijo con desprecio: —Idiota —refiriéndose a James por supuesto.

Los chicos olvidaron por completo el pago que debían realizar y caminaron juntos hasta la casa de Mindy. En el camino platicaron de todo. Arthur nunca había hablado tanto, ni tan fluido con persona alguna, le contó a Mindy sobre su padre muerto en carretera y sobre sus sueños de convertirse en cirujano. Por su parte Mindy confesó que le tenía un poco de miedo a su padre, que siempre lo extrañaba mucho y que sentía que no era lo suficientemente importante para él.

Sin advertirlo se encontraron frente a la casa de Mindy. Ante la hermosa casa de dos niveles, Arthur no pudo más que reconocer la enorme diferencia que había entre aquella gran casa rodeada por un impecable jardín, y el pequeño apartamento que él compartía con su madre.

Aunque ambos chicos deseaban seguir la charla, ninguno de los dos se animó a confesarlo. Arthur trató de despedirse extendiendo la mano con torpeza, pero Mindy lo sorprendió con un beso suave y cálido en la mejilla. Arthur vio todas las luces de una noche de 4 de julio esa tarde de junio. Mindy se alejó agitando la mano y sonriendo como un sol.

Arthur no pudo dormir durante aquel fin de semana. Llegó muy temprano el lunes y por más que buscó, no encontró a Mindy en los pasillos. Ocupó su lugar estratégico en la clase de historia y estuvo al pendiente de la puerta sin parpadear, pero Mindy no llegó ese día, ni el siguiente, ni ninguno de los días de esa última semana de clases. Llegó también el día de la ceremonia de graduación, y el temor más grande de Arthur se confirmó. Su diploma de excelencia y el orgullo de su madre lo alegraron sólo a medias, pues Mindy nunca apareció.

Aquel verano, Arthur se la pasó en casa, frente al televisor, viendo el mismo canal de dibujos animados por horas y horas. No se bañaba y como su madre pasaba prácticamente todo el día en el trabajo, tampoco comía.

Uno de aquellos días se apareció Roger, primo de Arthur, un chico de 19 años, algo desgarbado, alérgico al esfuerzo y siempre dispuesto a pasar un buen rato. La diferencia de edad había mantenido a los primos un poco distanciados, pero ahora que compartían la adolescencia cada vez charlaban más. Roger se tomó la molestia de visitar a Arthur sobre todo para darle un vistazo a su refrigerador, que la mayoría de las veces estaba mejor surtido que el de su casa. Roger notó algo raro en Arthur, pues se mantenía silencioso y apenas separaba su vista de la tele, no trataba de hacerse el gracioso, ni lo rodeaba con sus preguntas habituales sobre autos o sobre las peleas de los chicos del barrio.

—¿Qué tienes?¿Por qué esa cara de perro apaleado? —preguntó Roger casi burlándose. Arthur se sintió amenazado por la pregunta, como si Roger le hubiera leído el pensamiento. —¿Es una chica verdad? —a pesar de que Arthur no respondió, Roger adivinó la respuesta en la mirada confundida y avergonzada de Arthur.

—¡Vamos! No tiene sentido que te quedes todo el verano lloriqueando —dijo Roger mientras ayudaba a Arthur a levantarse del sillón con una mano y con la otra se llevaba a la boca el último bocado de un nugget de pollo frío. Arthur aceptó la ayuda de su primo y se levantó del sillón. —¿Y cómo se llama la chica? —preguntó Roger mientras cruzaban la puerta hacia la calle.

Al día siguiente Arthur viajaba sentado en el autobús que comúnmente lo llevaba a Miami Beach para llegar a la escuela. La melancolía de los días recientes había desaparecido; en su lugar una enorme ansiedad burbujeaba en su vientre. Arthur se encontraba en uno de esos momentos en los que avanzas en la ejecución de una empresa que cambiará tu vida, con la constante tentación de dejar de hacer el tonto, bajar del autobús y tomar uno de regreso a casa. Entre sus manos sudorosas, un estuche de piel sintética protegía una cadena de oro económico con un pequeño dije en forma de corazón.

La cadena llegó a sus manos el día anterior cuando Arthur y Roger fueron a casa de un sujeto a quien llamaban “El Zurdo”. Roger presentó a su primo a los 6 hombres reunidos en casa del Zurdo, enseguida se sentó en una mesa cubierta por una superficie verde llena de manchas y ceniza donde jugaron póker hasta el anochecer. Durante toda la sesión, los 6 hombres recorrieron la historia del fugaz romance de Arthur, y recorrieron también sus propios romances entre manos, cigarrillos y tragos. Entre todos acabaron por convencer a Arthur para que fuera a buscar a aquella chica. Por su parte, Roger ganó más partidas esa noche que en los dos últimos meses, por lo que se ofreció de muy buen grado a pagar la cadena que un tal “Texas” ofreció a Arthur como el regalo perfecto para su “novia”.

Aún sin reparar en el origen aquella cadena, Arthur se encontraba nuevamente a la puerta de la casa de Mindy. Se tragó el nudo que bloqueaba su garganta y oprimió el botón que hizo sonar un doble sonido de campana en el interior de la casa. El silencio que siguió al timbre le provocó náuseas. Una secuencia de pasos se hizo presente cerca de la puerta, y después de una pausa la puerta se abrió en toda su extensión.

Un hombre bastante más alto que Arthur, de piel tan blanca como obscuro su cabello y grises sus ojos, apareció sonriente y vestido con pantalones cortos y una camiseta del gimnasio de la fuerza naval de los Estados Unidos. —¿En qué puedo servirte muchacho? —dijo el padre de Mindy.

Arthur, tartamudeando un poco al principio, explicó que era compañero de clase Mindy y que venía a buscarla para… … para platicar con ella. La sonrisa en el rostro del padre de Mindy se transformó en una témpano. Para el Capitán Conrad Glazer las intenciones de este joven eran evidentes y sin más dilación le espetó al chico: —No se como demonios llegaste a conocer a mi pequeña, pero es claro que tienes el seso lo suficientemente lleno de humo como para traer tu negro trasero hasta mi puerta y pedir ver a mi hija. Hazte un favor chico; por tu bien, toma tu camino y no te atrevas a regresar —. Sin mas palabras, el hombre cerró la puerta y Arthur se quedó ahí, sin saber si aquello había sido parte de su imaginación.

La puerta se abrió nuevamente con violencia y el Capitán agregó —Mindy no está en Miami. No pierdas tu tiempo rondando el vecindario —. La puerta volvió a cerrarse. Arthur llevó su mano derecha al bolsillo del pantalón dónde estrujo con rabia la cajita que contenía la cadena, y se alejó para siempre de aquella casa con lagrimas en los ojos.

El 15 de mayo de 2015, a las 2 de la mañana, Arthur Booth examinaba sin mucha atención el plafón de su celda en un centro de detención de la Fiscalía General del estado de Florida. La débil blancura de la superficie apenas iluminada y el frío silencio de los pasillos lo sumergían, cada vez más, en vívidas visiones de su pasado.

Se presentaron ante él, sus dos pequeños: Jenny y Leeroy. Sintió como un puñetazo en el estómago cuando hizo cuentas y descubrió que, de los 19 años de Jenny, apenas había compartido 4 con ella y muchos menos con Leeroy. Hizo una suma de todos los años que había pasado tras las rejas o escondido en Tucson o Nueva Orleans. Un enorme miedo lo arrolló como una ola, cuando recordó los gestos, los reproches y el desprecio con el que le trataron durante los meses previos a su último arresto. Más que el dolor, le aterraba la estupidez que podía ver en ellos, idéntica a la suya. Habían crecido para convertirse en unos idiotas insolentes como su madre. Se arrepintió de haber conocido a, su aún esposa, Adele. La odiaba por haberlo estafado, por haberlo seducido, se odiaba a sí mismo por haber sido tan ciego, por haberse dejado llevar por esa perra perezosa y mentirosa. El agua clara de los recuerdos de sus pequeños iba a parar al hedor del drenaje en que se había convertido su familia.

Pero su resentimiento mas grande lo reservaba para “Pinky” Wilson, uno de sus mas recientes colaboradores, quien fue arrestado algunas semanas atrás y que sin duda había delatado tanto a Arthur como a Pete Green. Los tres se habían escabullido hace medio año en la casa de un hombre judío, dueño de una docena de lavanderías en Miami y Tampa. El botín fue ligero pero jugoso, casi 250 gramos en piezas de oro de diferentes tamaños y kilatajes, algunos aparatos eléctricos y casi cinco mil dólares en efectivo. Uno de los mejores golpes a los que Arthur se había asociado, de no ser por la cámara infrarroja, situada en el interior de la caja fuerte, que captó el tatuaje de una geisha, que Pinky llevaba en el brazo. Confiado en que las videocámaras de la casa habían sido desactivadas, el idiota de Pinky no tuvo empacho en remangarse para trabajar mejor.

A pesar de que su nueva sentencia se dictaría hasta el día siguiente, Arthur no tenía muchas dudas sobre el veredicto, sabía que le darían por lo menos veinte, por la suma de la fuga y la reincidencia. Aunque la zozobra no lo acechaba, en su interior se movía como una serpiente el terror de pasar sus últimos días a la sombra. Parte de su miedo al encierro tenía que ver con algunos de sus acreedores, que no tardarían en encontrarlo o en llegar a él a través de algún interno. El panorama de sus próximos años se mostraba oscuro y turbulento.

Sin importar lo agrio e ingrato de su vida en otros tiempos, Arthur siempre había sostenido una máscara de humor que lo mantenía en el camino. Pero esa noche, tal vez por lo mucho que extrañaba una bocanada de crack, su humor conservaba la forma de una hiriente ironía que le reprochaba incluso el hecho de seguir vivo.

Como una pesadilla sus pensamientos se repitieron en desorden una y otra vez, hasta que, cerca del amanecer, Arthur se quedó dormido.

Un par de horas más tarde, la alarma despertadora interrumpió el profundo sueño de Arthur. Desayunó tibio y salado, como durante todo el último mes. Escoltado por un par de guardias y por un enorme dolor de cabeza. Recorrió un pasillo tras otro, con la mente en blanco. Finalmente le ordenaron que se detuviera en un pasillo frío, limpio y gris; donde otros dos reos esperaban sentados en una banca. Allí pasó casi una hora hasta que un guardia asomó su cabeza por una de las dos puertas al final del pasillo, mencionando su nombre.

Arthur atravesó el umbral de la puerta. La luz del pequeño salón de la corte lo obligó a entrecerrar los ojos. Deseando que aquello terminara rápido, clavó su mirada en la blanca loza del recuadro reservado a los acusados. Arthur escuchó, en los altavoces de la sala su nombre y los cargos que pesaban sobre él. Enseguida, su abogado comenzó un discurso dirigiéndose hacia la juez que presidía el caso. Alejando su atención del ritmo uniforme de las palabras, Arthur volvió a los temores y rencores que lo mantuvieron en vela durante la noche.

Cuando el abogado defensor terminó, las palabras llenas de confianza de la juez Mindy Glazer se dirigieron particularmente hacia Arthur. Al principio, el acusado no comprendió la pregunta, pero el rostro de la mujer que le hablaba le resultó extrañamente familiar. —Señor Booth ¿Acudió usted a la secundaria Nautilus? —repitió la juez, mientras que Arthur comenzaba a preguntarse si la escena formaba parte de un sueño.

Una mirada más atenta a los ojos de la juez disipó la neblina del tiempo, el gran muro de los años y de las cosas, se resquebrajó formando una avalancha que empujó a Arthur al llanto. Lloró como un niño, como no lo había hecho en décadas. Toda su desesperación, todo el odio, los fracasos, el rencor, las idioteces, el miedo, el egoísmo; todo. Todo era culpa suya: él había creído en toda la mierda de su primo Roger, a pesar de los consejos de su madre. El había aceptado el crack, y era él quien seguía gimiendo por una bocanada de esclavitud. Era él quien había tocado una y otra vez a la puerta de Adele para disfrutar de sus besos a pesar de las mentiras. Era él quien había apostado su auto y los miserables ahorros para la universidad de sus hijos. Era sólo él quien se había metido a más de una centena de casas para hurgar entre los calzones de la gente, en busca de un fajo de billetes o un anillo barato. Arthur ya no podía culpar a nadie más.

El gran pesar de Arthur fue registrado por las cámaras de la corte y se convirtió en una curiosidad viral de Youtube que le dio la vuelta al mundo en menos de una semana. Varios millones de veces se reprodujo el momento en que, con los ojos llenos de lágrimas, Arthur deseaba con toda su alma volver el tiempo atrás para salvar a aquel chico flacucho y sonriente; para salvar sus sueños de convertirse en cirujano.

Arthur abandonó el salón sin levantar la mirada. No volvió a mirar a Mindy a los ojos, y sin embargo los sentía clavados en su mente y en su corazón.

Cerca del mediodía del 11 de agosto del 2028 la juez Mindy Glazer llegó a su oficina en la Corte Suprema del estado de Florida. Cerró la puerta y recargo su espalda en ella como si tratara de evitar que algo o alguien entrara tras ella.

Contuvo el llanto durante todo el camino desde el consultorio del doctor Turner hasta la Corte. En el edificio la gente la identificaba perfectamente y no quería que alguien sospechara que había llorado, pero ahora que la puerta estaba cerrada una pequeña lagrima atravesó la pena de su rostro y sus ojos cedieron al llanto silencioso.

Durante un cuarto de hora, Mindy lloró en su oficina. La idea de la muerte no cabía en su pensamiento. Abrazó la esperanza de que se tratara de un error, dado que no sentía ningún malestar, pero al recordar la exhaustiva diligencia del doctor Turner su llanto volvía en una nueva oleada.

Cáncer en el hígado. En una etapa muy temprana, pero patente. ¿De dónde demonios pudo haber salido? —pensó. El doctor Turner mencionó que el caso había sido detectado en circunstancias inmejorables y que el panorama no tenía porque ser desalentador, pero lo que Mindy no hubiera querido escuchar era que este tipo particular de cáncer seguía siendo uno de los más difíciles de tratar. No supo si agradecer la franqueza del doctor Turner o maldecirlo por encajar en su corazón la terrible espina de la incertidumbre.

El silencio de su oficina trajo a su memoria una multitud de imágenes de sus dos hijos: Mark y Ryan. Se dio cuenta de que muchos años atrás habían dejado de ser “sus pequeños”. Y se sintió ligeramente satisfecha al ver que sus chicos se habían convertido en padres buenos y ciudadanos respetables, a pesar de todas las dificultades de la crianza.

Pensó en sus ambiciones de llegar a la Suprema Corte del país y lo insignificantes que parecían los numerosos problemas por los que estaba pasando a nivel profesional. Pensó fugazmente en lo corta e insuficiente que le estaba resultando la vida. Lamentó el poco tiempo que había dedicado para divertirse con sus 3 nietos. Sus pequeñas imágenes le arrancaron un sollozo desgarrador que controlo enseguida para evitar que Marla, su asistente, la escuchara.

Con el paso de los minutos, Mindy consiguió calmarse un poco. Desfilaron por su mente otra decena de personas y momentos que luchó por atesorar. Para su sorpresa entre aquellas personas se encontraba David, quien había sido su esposo por un poco más de 15 años. Desde la perspectiva de esta mañana, sus numerosas infidelidades y lo hiriente de su comportamiento, no parecían razones suficientes para odiarlo como lo había hecho durante los últimos 5 años. El estupor en la cara de David, al verse sorprendido infraganti con aquella joven vendedora de autos, le produjo una risa deliciosa y llena de compasión.

El tono suave y armónico de la alerta que mostraba a Marla a través del comunicador la apartó inmediatamente de sus cavilaciones. —Contestar Marla —pronunció Mindy en voz alta.

—Disculpe Señoría, en la entrada principal hay un hombre llamado… Arthur Booth, quien dice ser su amigo de la infancia. Quiere pasar para saludarla y darle un presente. Tengo señal de vídeo del puesto de vigilancia, ¿Quiere que se la transfiera? —la voz de Marla sonó como venida de otro planeta en los oídos de Mindy. Se secó las lágrimas a prisa, mientras que el recuerdo de Arthur y sus días de fama en Youtube irrumpieron violentamente en su memoria. —Gracias Marla, déjame verlo —.

En el muro se manifestó la imagen de un hombre notablemente nervioso que seguramente era Arthur Booth, pero que no correspondía con la imagen de aquel acusado vestido de naranja que Mindy conservaba. Su cabello cano y la modestia de su traje, le daban la apariencia de un bibliotecario o de un vendedor en una tienda de casimires. Arthur llevaba un ramo de azucenas en una mano y en la otra, un regalo con la evidente forma de un libro. Su mirada se balanceaba de un lado al otro sin saber que Mindy lo miraba. Por un momento Mindy consideró la posibilidad de que dentro de aquel presente pudiera esconderse un arma. Aún así se aventuró a decir —Que lo dejen pasar Marla. Gracias —.

Durante 5 minutos, Mindy se miró en un pequeño espejo que guardaba en uno de los cajones de su escritorio, tratando de ocultar el rubor y los acentos rojos de sus ojos. En su estómago una emoción completamente extraña e incómoda se movía sin cesar. Tras llamar a la puerta, Marla entró acompañada de Arthur y salió enseguida.

—Buen día su Señoría. Le agradezco mucho que me haya permitido verla…— Arthur arrancó con un discurso que había repasado varias veces durante la mañana, pero Mindy lo interrumpió enseguida: —Un momento Arthur, no tienes porque hablarme de usted, y mucho menos llamarme “Su Señoría” —. El rostro de Arthur reveló una sonrisa más satisfecha que apenada y continuó: —Lo siento. Solo quería agradecerte personalmente por lo que has hecho por mi. Por favor acepta estas flores y este regalo —. Mindy sonrió, profundamente conmovida y extendió sus manos para recibir las atenciones de Arthur, al tiempo que respondió: —No entiendo el motivo del agradecimiento, pero me alegra mucho volver a verte —.

Arthur le contó a Mindy, tan brevemente como pudo, sobre su larga estadía en prisión, sobre la reducción de su condena por buen comportamiento y sobre su graduación como fisioterapeuta. Mencionó que estaba listo para encontrar un empleo y insistió en la importancia de las palabras que Mindy le había dicho en su último encuentro. Mindy jamás imaginó una escena como aquella, así como nunca pensó en la influencia que su palabras pudieron haber tenido en las vidas de las personas que desfilaron frente a su justicia.

La suave melodía del comunicador sonó nuevamente en la sala interrumpiendo la conversación. Mindy hizo un gesto con la mano para silenciar el tono de la alerta mientras que en el muro parpadeaba el nombre del Juez Carl Smith. Antes de despedirse, Mindy y Arthur acordaron terminar la conversación por la noche, en un restaurante del centro de Talahasee. Antes de responder a la llamada que tenía en espera, Mindy no pudo evitar pensar en la ironía y puntualidad de sus encuentros con aquel hombre que abandonaba su despacho.

En marzo de 2036, un nutrido grupo de dolientes se reunieron en el Woodlawn Cementery Park de Miami para darle un último adiós a Mindy Glazer. Detrás del cortejo principal, Arthur Booth fijaba su mirada oblicua en los reflejos del féretro, sintiendo sin pensar, el fugaz esplendor de los ocho últimos años.

BlackB


En el verano de 2015 este video de YouTube recorrió el mundo entero hasta llegar a la fonda donde yo comía.

 

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