Negro

Posted on Abr 23, 2017

El gallo cantó por primera vez cuando el cielo comenzaba a librarse de la noche. Benilde abrió los ojos con dificultad y se movió para salir de la cama a pesar de su modorra. Con torpeza arrancó las cobijas de la cama para destapar a sus hermanas que se estremecieron de frío sin abrir los ojos. Luz, la más pequeña se había acostado con zapatos. Paz, un par de años mayor que Luz, giró para llegar a la orilla y se persignó al levantarse. Las tres niñas tomaron la ropa que habían dejado sobre el ropero. Vestidos y delantales para las tres, y un saquito cenizo y polvoso para Luz. Una a otra se ayudaron para pulir las trenzas que se les habían desalineado durante la noche, y salieron al patio donde el frío de la mañana terminó de despertarlas.

Su madre las esperaba en la cocina con café negro, frijoles de la olla, tortillas del comal, queso fresco y salsa de tomates asados. En silencio desayunaron, mientras Doña Remedios repasaba con intensidad las tareas que cada una tendría que resolver durante el día. Una vez que despacharon el desayuno, Benilde y Paz salieron de la cocina, mientras que Luz se quedó para ayudar a su madre.

Afuera Don Nicolás salía con sus hijos y los peones; arreando a los bueyes y al burro en dirección hacia el llano. Antes de partir con el azadón al hombro, apuró a las niñas para que atendieran a los animales. Benilde se enfiló enseguida hacía los chiqueros, mientras que Paz se encargó de los corrales.

Cuando estuvo ante los puercos, Benilde retiró con indiferencia los desechos que habían dejado durante la noche, cambió el agua del pequeño abrevadero y vació alimento fresco en las bateas de madera. Al escuchar el sonido del cereal cayendo en la batea, los dos enormes puercos se empujaron hasta encontrar su porción, produciendo un escándalo de gruñidos.

Cuando terminó con los cerdos, regresó a la casa. Su madre la esperaba en el patio, apretando el nudo de un enorme costal de ropa sucia formado por una sábana. Con las palabras justas le ordenó a su hija que levantara uno casi igual, y partieron las dos hacia el arroyo llevando a cuestas cada una su carga.

Junto al agua estuvieron fregando sábanas, vestidos, calzones y camisas. Benilde tallaba contra la piedra de siempre, mientras que su madre distribuía las prendas a lo largo de tres mecates que iban y venían entre un par de árboles. —¡Apúrate chamaca!, hay que hacer metate para la comida y tú todavía tienes que llevarle almuerzo a tu padre —las palabras de la madre le dieron a Benilde un aliciente que sólo le alcanzó para dos o tres embates. El sudor en su frente brillaba con la luz de sol que se enfilaba lento hacia el mediodía.

Regresaron a casa con la ropa todavía húmeda y mucho más pesada. Doña Remedios empezó a colgarla en el tendedero que esperaba a un costado de la casa, mientras que Benilde entró a prisa hasta la cocina, donde Paz le entregó el almuerzo para los varones que trabajaban en el campo.

Tomó camino hacia el llano, en la diestra llevaba una olla pequeña, y sobre el pecho, un morral con tortillas y tamales envueltos en un lienzo de algodón. Anduvo hasta que llegó a una vereda que se internaba entre los cultivos, se distinguía perfectamente de la otras, por la enorme piedra negra que descansaba en el nacimiento de la senda. Caminó otro rato en línea recta, hasta que llegó ante un enorme roble. Antes de detenerse bajo la sombra del árbol escuchó el silbido de su hermano Pascual, que avisaba a todos para que se reunieran a almorzar.

Benilde avivó hábilmente el fogón que usaban todos los días, acercó el comal que descansaba en el tronco del roble y repartió sobre él las tortillas mientras escuchaba los diálogos animados y casi vulgares de los hombres.

Conforme la olla se vació, las voces se hicieron menos. Esporádicamente brotaban algunas palabras burlonas, inspiradas en las patillas de uno de los peones más jóvenes de nombre Ignacio, y las risas socarronas se agitaban un poco más, antes de desaparecer en el letargo de las horas más calurosas.

Mientras los hombres tomaban una siesta o descansaban la espalda contra el tronco del árbol, Benilde se apuró a reunir los platos de peltre dentro del morral, y se retiró del lugar sin que nadie reparara en su partida.

De regreso a casa, la joven caminaba sin prisa, disfrutaba de uno de los pocos momentos de intimidad que la rutina de sus días le ofrecía. Como cada vez que el humor le bastaba, comenzó a cantar en voz alta una de las canciones que había escuchado de su tío Hernando. La voz fresca y dulce de Benilde se extendía sobre el azul del mediodía; al cantar, su alma extendía las alas como nunca le era posible ante el juicio de su familia. Estaba por terminar el coro, cuando a sus espaldas el crujido de unos pasos hizo explotar la delicada membrana de su inspiración.

Vio a un hombre, o mejor dicho a un joven a una veintena de pasos de distancia. El joven detuvo su marcha, y sin calcularlo posó su ojos en los de Benilde. El contacto lo agobió, y de inmediato escondió su mirada tras el ala del sombrero. Benilde también evitó el contacto, se sonrojó hasta las orejas y bajó la mirada hasta encontrar las sandalias en sus pies.

Por un momento se quedaron en medio del camino, sin moverse. Luego Valeriano se apresuró hacía Benilde sin levantar la vista. Ella dio un paso torpe hacia atrás, y metió instintivamente sus manos dentro del delantal. Apretó el rosario y de su boca salió un sollozo que hubiera querido ser un grito. Él pasó a su lado tan rápido como pudo. El batir de su corazón obligó a sus piernas a acelerar el paso, por el mismo camino y dirección que ella llevaba. Aliviada, la joven se quedó ahí, viéndolo alejarse.

Después de un rato Benilde retomó el camino a casa, conservando un paso lo suficientemente lento como para no encontrarse de nuevo con Valeriano. Llegó por fin a su casa, atravesó el patio y se detuvo abruptamente al ver que su madre despedía con reserva y cortesía a quien trataba de evitar. El muchacho pasó nuevamente junto a Benilde. Esta vez buscó sutilmente los ojos de la muchacha, pero ella lo eludió absolutamente.

Cuando Benilde entró en la cocina supo que Valeriano era peón de un tal “Ramiro Torres”, y que había venido a dejar dinero para su padre. En su interior tomó forma una curiosidad difusa, pero no preguntó nada.

El resto del día pasó como casi todos los otros sábados. Comieron en el patio, luego el tío Hernando tocó la guitarra hasta que oscureció. Mientras los varones jugaban baraja por poco dinero, las mujeres repasaban canciones, o comentaban los chismes de los alrededores.

El domingo en la mañana dieron de comer a los animales antes de la salida del sol. Luego se encaminaron en una apresurada procesión hasta el pueblo. Los padres al frente y sus cinco hijos tras ellos, casi en orden de estatura.

Don Nicolás y sus dos hijos mayores, Pascual y Genaro, iban por delante; enseguida Doña Remedios y sus hijas. Caminaron hasta que el sol se asomó completamente; hasta que las casas de adobe, muy semejantes a la suya, comenzaron a aparecer a un lado y al otro del camino.

Llegaron a misa de nueve, polvosos y agitados. El sonido de las campanas y los pájaros en la plaza se mezclaba con el murmullo de la multitud que se reunía en el atrio. Consiguieron atravesar las puertas después de esperar bastante y ocuparon un rincón del templo donde no había asientos ni reclinatorios.

El débil rumor de la gente desapareció cuando el oficiante y sus acólitos se acercaron al altar. El gentío permaneció de rodillas y en silencio mientras la ceremonia se desarrollaba con sus hipnotizantes e incomprensibles versos en latín.

Benilde cubría su cabeza con un velo obscuro, como el de todas las mujeres. Pasaba entre sus dedos, y de una en una, las cuentas del rosario, mientras musitaba padres nuestros y aves marías. Sus párpados cerrados suavemente escondían unos ojos que miraban hacia arriba, imaginando el cielo radiante, lleno de una luz divina. No hubiera podido decir lo que su visión representaba, tal vez un coro de ángeles o el Espíritu Santo.

Una extraña sensación, como un diminuto rasguño en el hombro, la hizo abrir los ojos. Ahí estaba Valeriano, mirándola. Benilde no supo dónde poner los ojos, y tampoco podía cerrarlos. La mirada del joven la sofocaba. No estaba segura de que aquello fuera agradable, como se suponía que debía serlo. El matrimonio no la ilusionaba como a otras jóvenes, los hombres que conocía le parecían groseros y sucios, y era lo bastante observadora como para saber que los versos de las canciones de amor no tenían lugar en la realidad.

Con los ojos adormilados y el cabello desalineado por el sombrero, Valeriano seguía mirándola. A Benilde le parecía más feo cada vez que dirigía discretamente sus ojos hacia él, pero no podía evitar pensar que aquel era el primer hombre que se fijaba en ella.

Cuando la misa terminó, la mayoría de los feligreses recorrieron el par de calles que separaban a la iglesia del mercado. Entre el río de gente, la familia de Benilde se movía para comprar hilos, calabaza, camote y hierbas para los males comunes. Luz y Paz pidieron permiso para acercarse al puesto del pajarero y Benilde las acompaño con gusto.

Los pájaros eran la principal afición de Benilde, un gusto que había heredado de su madre. En casa tenían tres jaulas con tres canarios, un cenzontle, dos pericos pequeños y una tórtola. Benilde disfrutaba mucho el tiempo que pasaba alimentándolos o limpiando sus jaulas. Cuando llegaba la tarde se apresuraba a terminar con sus labores para que su madre le permitiera llevarlos al interior para poder contemplarlos un rato antes de cubrir sus jaulas para dejarles dormir.

Cuando llegaron al puesto, Benilde quedó fascinada de inmediato con la enorme variedad de aves. Los colores y sonidos ocupaban completamente su atención cuando Paz tiró de su reboso. —¿Ya viste Beni?, parece que ese muchacho está mirándote —. Paz, de escasos 10 años, entendía un poco más que Benilde sobre el romance y su lenguaje. La picardía en el tono de la pregunta hizo que Benilde se sintiera medio desnuda. Con el rostro como un rábano se escabulló entre la gente; sus hermanas fueron tras ella enseguida, murmurando y tratando de contener la risa.

Cerca del atardecer, la familia emprendió el camino a casa. Llegaron cansados y silenciosos. Las mujeres se fueron a la cama, los hombres siguieron con el alcohol y la guitarra hasta que la noche los animó a descansar.

Un par de semanas pasaron, Don Nicolás salió muy temprano con sus hermanos y sus hijos mayores. Anduvieron fuera casi todo el día y regresaron cerca del atardecer.

Sus risas y silbidos despertaron la curiosidad de las niñas cuando aparecieron de regreso por el camino. Los hombres arreaban a un enorme caballo, de pelaje tan negro como la profunda oscuridad de la noche.

Las niñas corrieron a su encuentro gritando y riendo. Los hombres les reprendieron para evitar que “El Negro” se inquietara, después de verlo relinchar y alistar las coses.

El padre de Benilde recibió al Negro en pago de una cuenta por más de 200 costales de maíz que Don Aurelio Mendoza le debía. El antiguo dueño destacó la belleza del caballo y le dijo al padre de Benilde que aunque era un animal muy temperamental, sólo necesitaba que se le dedicase el tiempo suficiente para lograr que aceptara la rienda.

Don Nicolás llevaba varios meses tratando de cobrar aquella deuda, incluso estuvo a punto de darla por perdida ante la larga serie de pretextos que Don Aurelio le ofrecía. Al recibir la oferta del caballo, el padre de Benilde no se alegró, pero concluyó que tal vez aquella sería la única manera en la que podría obtener algún beneficio por su mercancía. Pensó, tratando de sacar lo mejor de aquello, que el caballo podría llegar a valer diez veces más que su maíz si conseguía montarlo.

Improvisaron para el Negro un corral atrás de la casa, y lo dejaron pasar la noche al aire libre. A Don Nicolás le preocupaba que alguien pudiera robarse al caballo por no guarecerlo en una cuadra apropiada. Se levantaba dos o tres veces durante las noches, para asegurarse de que el Negro siguiera en su propiedad. Sus desvelos no fueron necesarios. Sin importar la hora a la que Don Nicolás visitara al caballo, lo encontraba despierto y expectante, como si pudiera adivinar cada una de sus visitas.

Hernando, el más joven de los tíos de Benilde, fue el primero en tratar de montarlo. Pasó una semana paseándose con el Negro, alimentándolo y hablándole para tratar de ganar su confianza. A la mañana del sexto día, el caballo se dejó poner una rienda simple. El tío Hernando volteó a ver a Don Nicolás y a los peones que estaban alrededor del corral para celebrarlo. El Negro aprovechó el momento para arrancarle la oreja derecha de una mordida. El grito del joven Hernando llegó hasta el arroyo donde Benilde lavaba junto a su madre. Dejaron las sábanas sobre las piedras para regresar corriendo a casa, llenas de angustia. Al llegar encontraron al tío Hernando berreando junto al corral, con toda la camisa ensangrentada y maldiciendo al animal. A Don Nicolás le costó trabajo calmar a su Hermano, quién lanzaba al aire sus intenciones de darle muerte a la bestia traicionera.

Aunque quedó profundamente perturbado por el terrible acontecimiento, Don Nicolás conservó la idea de que el Negro representaba una oportunidad que no podía desecharse, así como así. Hernando insistió en el peligro que representaba el caballo y se empeñaba en sacrificarlo. Don Nicolás se negó. Su hermano quedó tan decepcionado por tal “estupidez” que le retiró la palabra definitivamente.

No aparecieron muchos voluntarios para domar al Negro después de Hernando. Don Nicolás presionaba a sus hijos con zapes y barazos para que se acercaran al animal, pero los jóvenes recibían bien los golpes con tal de no estar cerca del caballo. Los peones no aceptaron promesas de retribución para hacer el intento, el rumor de la oreja perdida del joven Hernando se esparció rápidamente entre los ranchos vecinos e incluso entre algunas familias del pueblo. Finalmente tuvo que ser Don Nicolás en persona quién se encargara de la doma del Negro. Trató durante siete u ocho semanas, primero con un cariño teatral, que el caballo encaraba con una sombría apatía, y luego con una violenta frustración.

Finalmente, cuando el Negro se levantó sobre sus dos patas traseras, casi dos metros por encima de la cabeza de Don Nicolás, relinchando furioso y a punto de aplastarlo, Don Nicolás comprendió que sin importar cuanto lo intentara el Negro no sería montado por hombre alguno.

Pero pronto la rebeldía del Negro dejó de ser el peor problema para la familia: Luz, la pequeña, contrajo un mal del vientre que la mantuvo en cama por más de dos meses hasta que finalmente murió.

Para Don Nicolás, la muerte de su hija fue triste, pero la evadía pensando en lo común que eran las muertes entre los críos, y recordando la muerte de otros dos de sus hijos, que fallecieron a penas con la gracia del bautismo. —Es la voluntad del Señor, que ya la tiene ante su presencia —repetía a quienes le presentaban sus condolencias.

Para Doña Remedios no fue tan sencillo. Lloraba a gritos cuestionando a Dios por su crueldad. Su esposo la reprendía con frecuencia por sus escándalos, hasta que un día perdió los estribos y la sacudió con un revés que la dejó en el piso, silenciosa. El llanto reprimido de Doña Remedios se convirtió en un estupor permanente. Abandonó casi por completo sus responsabilidades en casa y dejó de poner atención a su familia. Dejó de comer, y adoptó la costumbre de tomar largas siestas desde que la imagen de su hija le vino en un sueño.

Antes de dormir Benilde y Paz rezaban rosarios completos, rogándole al Señor de la Misericordia que les devolviera a su hermana. Por las noches Benilde soñaba que la pequeña Luz dormía como siempre junto a ella. La sensación le resultaba inicialmente irrelevante, pero cuando su conciencia se asomaba en medio del sueño, despertaba de golpe, buscando agitada a su hermana en medio de las sábanas.

La muerte de Luz fue sólo el comienzo. Poco después, un repentino cielo gris se convirtió en la granizada más violenta que aquellas tierras habían acogido. Los cultivos de Don Nicolás se cubrieron de blanco por tres días, y hasta la última planta se perdió. El hombre no lloró la muerte de sus hijos, pero la pérdida de su jornal lo hizo gritar como un demente. De rodillas maldecía al cielo, mientras se llevaba puños de tierra a la boca.

Lo que tenían de alimento en las trojes duró poco, pronto tuvieron que vender a los animales para comprar qué comer. Los pájaros fueron los primeros en marcharse. Benilde no pudo llorar al ver que se los llevaban, sus ojos ya no tenían más lágrimas.

Don Nicolás pasaba casi todo el día borracho, vagando fuera de casa, lamentándose aún más al enterarse de que las pérdidas en otros ranchos habían sido mínimas. Pascual y Genaro se iban temprano todos los días para buscar alguna jornada de sueldo como ayudantes de albañil en el pueblo o como peones en tierras ajenas.

Doña Remedios perdió lo que le restaba de fuerza por el hambre y calló en cama. Benilde tuvo que encargarse de su madre, de su hermana, y de todas las responsabilidades de la casa, sin mencionar que se convirtió en el blanco principal de los violentos reproches de su padre.

Las noches pasaban largas para Benilde. El cuerpo entero le dolía y su estómago se estremecía con un gruñido agudo. El cansancio no le resultaba suficiente para silenciar la desazón que le mantenía despierta, cada noche pasaba varias horas recorriendo su rosario, preguntando en susurros al Señor de la Misericordia: –¿Por qué nos has castigado así señor?, si siempre hemos seguido tus mandamientos ¿Por qué te llevaste a mi hermanita, la que menos culpas tenía? ¿Por qué nos castigas con el hambre, si siempre hemos trabajado tanto, y siempre hemos dado en la iglesia? – Cada noche recorría el mismo camino de pensamientos, que la llevaban lentamente al sueño, hasta que un día llegó a la cama con el alma tan entumida que por primera vez en su vida se acostó sin una oración.

Los vecinos dejaron de acercarse a los terrenos de la familia. Y los familiares se distanciaron debido al mal genio de Don Nicolás. A pesar de aquello, una tarde, Benilde y Paz se toparon con un torpe Valeriano, que hacía lo posible por poder ver a Benilde pero que aparentemente había encontrado una serpiente entre la hierba donde pretendía ocultarse. La intromisión no complació a Benilde en absoluto. –¡Vaya a buscarle los chones a su abuela, viejo marrano! – le gritó con ardor a Valeriano que se vio obligado a mostrarse en la vereda muerto de vergüenza. Las niñas pasaron frente a él a prisa, el semblante de Benilde parecía el de una mujer madura, la agudeza de sus pómulos provocó una gran impresión en Valeriano, quien se quedó inmóvil, casi asustado al ver las huellas que los últimos meses habían dejado en la muchacha.

Todo en el rancho parecía morir lentamente. Sólo El Negro permanecía altivo y reluciente, a pesar de que su alimento era intermitente y escaso. Don Nicolás trató desesperadamente de vender al animal, pero pocos se interesaron en él, dada la fama que ya se había hecho en los alrededores. Las escasas personas que se presentaron con el interés de comprar al caballo, experimentaron extraños inconvenientes que les impidieron cerrar el trato y no volvieron.

En medio de sus constantes borracheras, Don Nicolás se quejaba de la ingrata presencia del animal, y lo acusaba de ser el origen de su infortunio. La idea de sacrificarlo se aparecía en su cabeza cada vez con más frecuencia, aunque le resultaba imposible confesarse a sí mismo, que el Negro le producía una repulsión muy semejante al miedo.

Una tarde, Don Nicolás, llegó un poco más borracho que de costumbre y se sentó a la mesa exigiendo la merienda. Benilde puso sobre la mesa un par de tortillas recalentadas, una porción de frijoles que no ocupaba ni la mitad del plato, un chile y tres pedazos rezagados de papa. –No hay más apá…– dijo la joven, sin lograr ocultar su pena. Don Nicolás llevó sus ojos del plato a Benilde, y se levantó al mismo tiempo que le propinó un revés a su hija. –Con que me vas a reclamar por los frijoles pendeja, a ver si te quedan arrestos después de que te tumbe todos los dientes–. Un llanto rabioso explotó en Benilde; salió de la cocina y se apresuró a darle la vuelta a la casa para evitar que su padre la siguiera.

Con la vista impedida por una cortina de lágrimas tropezó y quedó de rodillas, sollozando y obligando a sus dientes a luchar entre sí. Hacía años que su padre no le pegaba, y nunca lo había hecho con tanta crueldad y desconsideración. En los bolsillos de su mandil apretó con tanta fuerza la cruz de su rosario que la quebró.

Un resoplido interrumpió sus lamentos. Se enjugó las lágrimas para poder ver al Negro parado frente a ella, a una decena de pasos dentro del corral, resoplando otra vez y golpeando suavemente la tierra con una de sus manos.

Benilde interpretó el movimiento del Negro como un gesto de simpatía; como si el caballo se hubiera conmovido con su aflicción. La gracia con la que el animal meneaba las crines arriba y abajo, hizo que olvidara por un momento su pena. Luego el Negro relinchó con delicadeza y agitó su cabeza como si tratara de deshacerse de algo. Benilde le respondió con una sonrisa, y continuó contemplando la belleza del animal hasta que estuvo completamente de pie. Camino lentamente hasta que sus manos tocaron los maderos del redil y se quedó inmóvil, por un largo rato, permitiendo que los movimientos tranquilos del corcel aparataran cualquier otra cosa de su mente.

Un silbido desde el patio de la casa interrumpió el momento de contemplación. Don Nicolás buscaba a Benilde para reprenderla por alguna nueva razón. La joven se apartó a prisa del corral y corrió al encuentro de su padre. Sin importar los sinsabores que el resto del día trajo consigo, Benilde se fue a la cama con la grata inquietud que la cordialidad del caballo le había dejado.

Durante los dos días siguientes Benilde estuvo a la espera de alguna ocasión para poder asegurarse de que el comportamiento afable del Negro había sido auténtico y no sólo una interpretación ingenua. Cerca del atardecer, Don Nicolás se quedó dormido en el patio y la casa quedó suspendida en una cálida quietud.

Benilde se escurrió hasta el corral y encontró al Negro atento, como si supiera que la chica habría de aparecerse en cualquier momento. Sin muchas reservas, Benilde llegó nuevamente hasta el margen del corral, el Negro la siguió atento con un movimiento de la cabeza y sacudiendo la cola con suavidad, como si se alegrara. Levantó la pesada puerta del corral y la abrió lo suficiente para poder pasar. En el interior sus sentidos se entorpecieron; como si soñara. Los sonidos de la tarde parecían provenir de lugares inciertos y lejanos, solo los emocionados resoplidos del caballo hacían eco en su atención. Advirtió nuevamente su posición hasta que el animal estuvo al alcance de su tacto, entonces una nueva ola de temor la obligó a dar medio paso atrás. El Negro no se alteró, ni se mostró hostil; por el contrario, inclinó su cabeza como haciendo una reverencia y dejó sus crines a la distancia justa para que ella pudiera tocarlas.

Benilde quedó pasmada ante el movimiento de su propia mano. Una fría sacudida le asaltó al contacto con la espesa melena; luego una sensación de cálida tranquilidad avanzó sobre su piel hasta arrancarle una risita que retumbó en su interior como la piedra que cae en lo profundo de un pozo. Arrastrada por una emoción que no podía reconocer, Benilde se sostuvo con fuerza de las crines cuando sintió que el caballo inclinó la cabeza cerca de sus piernas. Luego se dejó levantar por la fuerza del cuello del corcel hasta que estuvo sobre su lomo.

La vista desde semejante altura la llenó de un placer tan grande que cualquier rastro de prudencia se esfumó de su cabeza. El caballo dio una breve vuelta sobre sí, y con un bufido se echó al galope hacía donde el sol ya buscaba su reposo entre los cerros. Cuando Benilde sintió la potencia del movimiento, pasó por su mente la idea del peligro, pero la sensación de gozo era tan intensa que consiguió hacerle olvidar todo lo demás. El hambre, el dolor, la pena y el rencor se disiparon. En su rostro una sonrisa relucía mientras su larga trenza oscilaba arriba y abajo al ritmo de la cabalgata.

Atravesaron el llano y llegaron a las barrancas con la última luz del sol. El Negro bajó por las veredas y pendientes llenas de piedras con una precisión que ningún otro caballo hubiera logrado al medio día. Benilde, perdida por la influencia del Negro, disfrutaba inexplicablemente de la obscuridad que la devoraba. Los ojos de la joven se acostumbraron a tiempo para distinguir como la vegetación se abría al paso del Negro, como si le rindiera homenaje o como si temiera su contacto. Finalmente llegaron a la boca de una cueva discreta, con una burda forma triangular.

En la húmeda obscuridad del interior, Benilde dejó de sentir la solidez del lomo del caballo y sin poder explicar cómo, se sintió transportada por unos brazos que la depositaron de pie en el suelo rocoso de la caverna.

Se dio la media vuelta con reserva, extendiendo ligeramente la diestra para tratar de anticipar lo que no podía ver. La insignificante luz de la noche se filtraba en el interior de la cueva, a penas suficiente para que los ojos de Benilde le dieran forma a una figura humanoide. Recorriendo la enorme silueta de abajo hacia arriba, Benilde encontró el fulgor de un par de ojos que bañaban con su brillo a un rostro alargado, que no era el de un hombre, pero tampoco era el de una bestia.

El Ser Obscuro dio un par de pasos al frente y extendió sus manos para acariciar con el dorso de la mano la mejilla de Benilde. Sin esfuerzo, la criatura rasgó las ropas de la joven, que salió de su estupor cuando sus manos se apuraron a sostener la ropa que se le caía. Intentó gritar, pero de su boca sólo salió un resuello. Sus rodillas cedieron y cayó sobre la piedra plana.

– Abraza la majestad de tu privilegio mujer– le dijo el extraño ser, con una voz áspera y descompuesta, mientras aproximaba su rostro al de ella.

Aunque Benilde hacía un esfuerzo inmenso por oponer resistencia, su cuerpo no le respondía. Impotente, rompió en llanto mientras se recostaba y sus piernas se separaban contra su voluntad. El monstruo se tendió sobre ella y recogió con su lengua las lágrimas que corrían por su cuello.

Un diminuto sonido de pasos en el umbral de la cueva interrumpió la acción del obscuro ser. Valeriano estaba ahí; sucio, sudoroso y armado con un machete. Su rostro se descompuso en un gesto de turbación cuando la bestia se volvió para mirarle. Benilde pudo gritar por fin, al tiempo que Valeriano se lanzó contra el monstruo. Impulsado por el temor, el joven asestó un golpe que entró por el cuello y dejó el machete incrustado en el tórax de la bestia. El ser no expresó dolor, su hocico alargado se desbordó en un carcajada sombría y lunática, mientras Valeriano luchaba por recuperar su arma. El Ser Negro se levantó y se deshizo del machete con facilidad. Su cabeza, medio cercenada se balanceó sobre sus hombros sin parar de reír.

La visión congeló a Valeriano. El engendro se disolvió en una materia viscosa y obscura que se movió rápidamente para entrar dentro del cuerpo del joven a través de la nariz y la boca. Después de convulsionarse por la violencia de tal asalto, Valeriano cayó al suelo inconsciente.

Benilde metió la mano en los bolsillos de su delantal, sacó el rosario y se puso de rodillas para susurrar una angustiada serie de Padres Nuestros. Sus ojos permanecían cerrados con tanta fuerza que le resultaba doloroso.

A través del oído, Benilde distinguió a Valeriano tratando de incorporarse. Abrió los ojos dejando salir toda la furia de su corazón y dijo como un trueno: —Yo sé quién eres, y no te tengo ningún miedo. Mi señor Cristo me librará de todo mal. Tú no eres nada frente a Él, víbora maldita. Vuelve a tu agujero en el nombre del Espíritu Santo —, y volvió a rezar a todo pulmón la letanía mientras apretaba los eslabones de su rosario.

Las palabras hicieron que el cuerpo de Valeriano se contorsionara hasta despojarlo de su apariencia humana. —¡Perra maldita, te he de follar hasta la muerte! ¡Puta, puta! — repetía el cuerpo crispado mientras sus ojos se movían de un lado a otro, ajenos a su habitual sincronía. Ante la desaforada plegaria de Benilde la esencia oscura salió de Valeriano provocándole el más grotesco de los gestos. Aquella extraña materia tomó a medias la forma de un ave y salió de la cueva como un relámpago, acompañada por el sonido de un millar de alaridos.

Benilde cayó de rodillas y volvió al llanto, esta vez por un largo rato hasta que encontró un poco de alivio. Cuando se cansó de llorar, se acercó con horror a Valeriano, a quién creyó muerto. No fue capaz de tocarlo, simplemente lo rodeó, para buscar a tientas la salida de la pequeña cueva.

Con una aspiración desesperada y sonora, Valeriano volvió en sí. Benilde rompió en gritos histéricos mientras se alejaba de la cueva en medio de la obscuridad. El grito resonó en la barranca y llegó hasta los hombres que ya rondaban los alrededores buscándola.

Entre el grupo se encontraban los hermanos de Benilde y su padre, quienes al verla medio desnuda se adelantaron para cubrirla. Sin aliento, y con los ojos fuera de órbita, Benilde se limitó a apuntar con la diestra hacia la cueva. Tartamudeaba y lloraba simultáneamente, nadie pudo entender lo que decía.

Los hombres, armados con carabinas y machetes entraron en la cueva y sacaron con violencia a Valeriano, quien no podía tenerse en pie y mucho menos hablar.

En medio de una nube de confusión Benilde vio a los hombres sacando conclusiones de la escena, y escuchó sin comprender la sentencia que fijaron sobre Valeriano. Don Nicolás alargó la mano para tomar la carabina que su hijo llevaba, y sin pensarlo más, descargó el arma en la cabeza del joven que apenas podía tenerse sentado contra un árbol. Benilde gritó horrorizada y el estruendo de su alarido la despertó.

Cuando abrió los ojos se encontró con el rostro atribulado de una joven que sostenía su mano. –¡Abuela! ¡Abuelita! –le repetía mientras apretaba los entumidos huesos de su mano. –¿Paz? –preguntó Benilde, reconociendo el rostro de su hermana, contaminado con toda clase de extraños detalles. –¿Dónde está Valeriano? –inquirió, experimentando la aridez de su voz, que tenía enormes dificultades para salir de su boca. La joven se limpiaba las lágrimas y trataba de ayudarle a su abuela a incorporarse, al tiempo que gritaba solicitando ayuda. –Tía, tía, apúrese por favor –. Una mujer madura de piel colorada entró en la habitación suspirando de gozo, con los ojos llenos de lágrimas, sosteniendo un teléfono y explicando entre sollozos: –¡Regresó mija! ¡Regresó! está viva –. La mujer entregó el teléfono a su sobrina y de inmediato se hincó en el sillón donde su madre yacía. Tomó el rostro de Benilde entre sus manos y le besó la frente y las mejillas. —Mamita, mamita chula, pensé, pensamos que… – el llanto la interrumpió al tiempo que su madre le solicitaba agua con el poco aliento con el que contaba.

La incorporaron a medias en el sillón donde Benilde llevaba más de una semana, le dieron agua en pequeños sorbos y trataron de establecer una conversación para mantenerla enfocada. La anciana respondía poco, con los ojos pesados y fijos en el vacío, se refería con frecuencia a personas desconocidas y como durante todo el último mes, confundía a su hija y a su nieta con cualquier otro miembro de su numerosa prole.

Se quedó así, sosteniendo su cabeza con dificultad, durante 20 o 30 minutos, moviendo su boca en un constante ciclo que simulaba un frenético masticar, con la totalidad de su sistema respiratorio coordinado para emitir un tortuoso siseo en cada aliento.

Llegó otra de sus hijas. Atravesó el umbral desesperada, arrojando sus pertenencias a un lado, y postrándose para alcanzar a su madre. Le explicaron cómo Benilde había estado muerta por varios minutos, y como había vuelto a la vida repentinamente y sin explicación. Después de examinar con dificultad a la mujer que le sostenía la mano, y que le acariciaba la cabeza, Benilde le espetó desconfiada –¿Tú quién eres? –. Su hija no se sorprendió por lo absurdo de la pregunta, pero le dolía mucho aceptar que su madre ya nunca volvería.

Pasaron horas platicando entre ellas, y repitiendo la descripción del milagroso despertar de Benilde a los nietos e hijos conforme llegaban.

Benilde miraba a la gente a su alrededor, con un semblante contrariado, miraba la sala de aquella casa que no era la suya, y miraba por la ventana las fachadas y árboles de aquel suburbio que le resultaba completamente ajeno. Con el índice y el medio en la cien y el pulgar en la barbilla, sostenía su cabeza, mostrando un aparente aire reflexivo.

A fuerza de pensar pasaron por su mente recuerdos aislados de su casa en las afueras de la ciudad, las jaulas llenas de pájaros que adornaban las paredes exteriores de la fachada, la multitud de trastes de barro y peltre que permanecían fijos, a todo lo largo de los muros de su cocina y el altar de los santos que conservaba en su habitación. Recordó las sonrisas y carreras de muchos niños, que a veces le parecían sus hijos y otras tantas sus nietos. Pasó por su mente la imagen del Señor de la Misericordia, y sintió una gran vergüenza, pues en el pasado le había pedido por tantos favores, por tantas vidas y cuidados, y hoy le pedía la muerte. Evitó el pensamiento en su interior como si fuera un veneno, antes de que una voz, de las muchas que la rodeaban le interrumpiera: –Beni ¿Quieres merendar algo? Hay caldito de pollo –. La anciana levantó la cabeza siguiendo aquella voz que retumbaba como una trompeta y encontró el rostro de su nieto Alejandro.

–¿Por qué llegas y no saludas muchacho? Te voy a dar tus nalgadas ora verás –. A pesar del esfuerzo que le demandaba el hablar, la voz de Benilde sonaba tan cálida y a la vez hostil, como siempre que se dirigía a sus nietos. Alejandro se disculpó con una sonrisa, y se acercó a darle un beso en la mejilla a su abuela, aunque ya lo había hecho al llegar. Benilde miró en torno casi sin mover la cabeza. La caras y voces de todos los que ocupaban aquella sala, repentinamente se hicieron familiares.

Sorprendió a todos merendando en la mesa con un apetito mucho mejor que el de las últimas semanas. No quedaba rastro de la altivez que heredó de su padre, ni del humor corrosivo de su madre, solo una débil y silenciosa sonrisa.

Mientras su hija Carmen le daba de comer en la boca, vinieron a su memoria los días en que los roles estaban invertidos. Recordó las rodillas rechonchas de su pequeña y el modo escandaloso en que escupía los frijoles cuando ya estaba satisfecha. Luego sus ojos se fijaron en su nieto Pedro, y enseguida lo recordó parado en el lavadero de su casa, usando la batea para mojar a sus primas. Aquellos recuerdos llenaron su corazón de dicha. Pensó en continuar así con todos los presentes, pero su mente perdió su claridad ante el asalto de un mareo que estuvo a punto de vencerla.

La llevaron al sillón de nuevo y le ayudaron a recostarse entre los almohadones. La familia continuó con la cena, ocultando su desazón con chistes simples y planes para la celebración de fin de año.

Benilde cerró los ojos, y se preguntó, como ya lo había hecho mil veces antes, cuándo llegaría su hora. Esta vez la respuesta no le preocupó. El cruel escozor que había asediado su cuerpo por años estaba ahí, más insistente que nunca, pero ella ya no tenía fuerza para incorporarse y rascarse. Se resignó por fin a la diminuta porción de aire que su tráquea dejaba pasar hacia los pulmones. Imaginó su cuerpo como una casa arrasada por el fuego. Entre las cenizas yacían sus recuerdos, sus cosas y sus santos.

Su alma padeció al ver los despojos, y rogó a Dios para que levantara aquellas ruinas, pero la solicitud le pareció tan ridícula que comenzó a reír en su interior. De pronto el nombre de sus nietos, y los problemas de sus hijos fueron muy poco; ya no importó la fecha de cumpleaños de éste o de aquel, ni las groserías de aquel otro. No importó la comida, ni el quehacer. No importó el deseo irrefrenable de un cigarrillo más, ni sus pájaros, ni sus muertos. No importó la baraja, ni las canciones, ni el desprecio, ni la ira. No importaron la alegría, ni las penas. La casa había ardido ya, y había valido la pena.

Se sintió libre y dejó que aquella casa se esfumara. Ni Dios, ni el Diablo pudieron detenerla, su alma abrió las alas y voló otra vez.

4 thoughts

  1. Adriana Álvarez Moreno

    3 mayo, 2017

    Entrañable historia, llena de descripciones exactas y personajes familiaresque permiten visualizar perfectamente las escenas. Me atrapó de la primera a la última línea.

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    1. blackb

      3 mayo, 2017

      Gracias Adri, me alegra que te haya gustado. Tus palabras son muy importantes para mi. Estoy trabajando en una nueva historia, te aviso cuando esté lista.

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  2. La mejor forma de describir la nostalgia, haz hecho real lo intangible del proceso que pudiera ser cercano a la muerte. Un gran relato que conmueve y atrapa.

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    1. blackb

      6 julio, 2017

      Gracias, carnala. Me alegra saber que te ha gustado. Espero que nuestro homenaje llegue hasta su destino. Besos.

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